jueves, 21 de febrero de 2019

sábado, 17 de diciembre de 2016

Amistades de arrendajo



Ha transcurrido un año desde que dediqué la entrada «Como una diosa» a Emilio Valadé del Río y él me contestó en otra: «Diosa, no. Mejor arrendajo».
Yo había sembrado bellotas y semillas de almez y confesaba sentirme como una diosa de la naturaleza creando hermosas arboledas. Mi amigo me advirtió de que los dioses castigan a los  humanos que intentan emularlos y me aconsejó que, mejor, imitara al arrendajo, pues él también entierra bellotas.
Hoy quiero contaros en qué ha quedado mi actividad de arrendaja. La primavera soriana fue generosa en lluvias y las plantas se desarrollaron extraordinariamente, tanto, que fue difícil descubrir entre las altas hierbas si habían nacido mis árboles. Algunos no germinaron o fueron devorados, otros tuvieron más suerte y llegaron hasta el verano, sin embargo, es posible que no superaran la pertinaz sequía.
En resumen, de lo que sembré en el campo, quizás solo una pequeña parte haya logrado sobrevivir. A fuerza de estar vivos y entre vivos la vida parece cualquier cosa. Y no lo es. Que la vida prenda depende de un proceso muy complejo; luego, que esa vida se mantenga, exige el cumplimiento de multitud de factores (en algunos países se empieza a censar a los niños a partir de los cinco años porque un porcentaje elevado muere antes).
La vida es frágil; así que me asombra cuando se produce y la considero valiosa. Soy una arrendaja feliz el día que encuentro uno de los castaños que he sembrado, un almez, un roble… Dice Emilio que los arrendajos olvidan con frecuencia el lugar exacto de la despensa y así contribuyen a diseminar las semillas. Yo soy una pájara igual de despistada, pero sabiéndolo, me reservé unas cuantas para enterrarlas en las macetas de mi balcón. 

A principios del verano, aparecieron unas hojas diminutas, ¡qué alegría!, llegado el otoño ya eran un bonito proyecto de árbol y los trasplanté en el campo. ¡Larga vida al almez!
Hoy he ido a comprobar si todavía estaban y sí, se mantienen erguidos y deshojados como corresponde al invierno. De vuelta a casa voy pensando…, pensando en que escribiré una entrada en mi blog, pensando en el aniversario del blog de Emilio y, no sé cómo, hago una asociación de ideas: esta relación con Emilio es como si hubiera sembrado una semilla en forma de + en Google+ y hubiera germinado una amistad. ¡Ah, pues me gusta esta idea!  Es una amistad de arrendajo. He de contárselo a Emilio a ver qué le parece. Lo imagino leyendo estas ocurrencias en su ordenador y sonriendo.

Arrendaja dispersando semillas o sembrando amistades, ¡quién sabe!
Sigo analizando las semejanzas entre estas relaciones surgidas en las redes sociales y las siembras y llego a la conclusión de que, también aquí, se producen muchos contactos y solo unos pocos cuajan en una relación personal.
Son los menos, de acuerdo, pero no deja de ser una agradable sorpresa y una alegría. Si estas amistades son como una plantita, habrá que cuidarlas con esmero: regarlas, abonarlas, protegerlas de las heladas, sacarlas al sol…, mimarlas para que se desarrollen en todo su esplendor.
He de dejaros, tengo mucha tarea, voy a revisar leyendo, a abonar poniendo +, a regar comentando y a solear mandando algún correo. Curiosas estas amistades de arrendaja, ¿no?
 Gracias, Emilio, por tu amistad. Gracias a todos los amigos de Internet.

 
Ahí están mis pequeños almeces

jueves, 8 de septiembre de 2016

Soy la loca de las víboras



La antigua vía del tren, ahora, es una vía verde, una vía verde con sorpresas

Estoy loca. Acabo de saberlo. Me he quedado algo perpleja, más por la forma de enterarme que por el diagnóstico en sí. Durante el paseo matutino con Inuki, he encontrado un lución y muy contenta me he agachado para fotografiarlo porque son escasos. 


A cierta distancia había unos hombres de Tragsa arreglando la vía verde.
—Está fotografiando la víbora. —He oído que decía uno de ellos.
—Está loca —ha comentado otro.
Yo continuaba haciendo fotos sin prestarles atención. 

He tocado el lución, quería que se marchara enseguida, pero no se movía apenas. Al fijarme bien, he visto un bulto cerca de la cabeza y he deducido que alguien lo había quebrado.  Quizás haya pasado antes que yo algún hombretón, ha librado una descomunal batalla con el pobre lagarto sin patas y le ha partido la columna. El animal todavía estaba vivo y me miraba, pero ya no podía hacer nada por salvarlo. 

Y los de Tragsa, insistiendo:
—Está loca, ¿te puedes creer que está sacando fotos a una víbora?
He cogido el lución y me he dirigido a ellos.
—Buenos días, señores. Vean: esto es un lución, no es una serpiente, ni pica ni muerde, solo come insectos —les he explicado. Luego he dejado el lución moribundo entre la hierba y he seguido mi camino. 

—Inuki, han dicho que estoy loca. ¿Cómo me ves, tú? —le consulto al husky—, yo me siento más feliz que una perdiz —Inuki me mira—; aunque ser más feliz que una perdiz no es difícil porque, ahora, las están cazando y ya no quedan perdices ni infelices ni felices.

Sorprende que supieran lo que fotografiaba estando a más de cuarenta metros, salvo que ellos hubieran matado al lución, pero resulta más extraño todavía que sepan si estoy loca solo con mirarme. 

Es lo que tienen las crisis: biológos y psicólogos acaban reparando caminos en lugar de dedicarse a su profesión. Y deben de ser muy buenos porque, a tanta distancia, ¡solo un excelente biólogo afirma sin dudar que se trata de una víbora!, ¡solo un psicólogo avezado diagnostica la locura sin entrevista ni test de personalidad!

—Bueno, perro, tienes una dueña loca, y ahora, ¿qué? Supongo que a las locas les está permitido hacer locuras… —me echo a reír—. ¡Qué sensación de libertad!, creo que me va a gustar. 

Mi amigo Ángel se confiesa loco feliz y ¿sabes que te digo, Inuki? Que puestos a ser locos, mejor ser locos felices. Así que, de mayor, voy a ser una loca feliz.

A mediodía llega mi marido y le comunico el nuevo estado.
—Cariño, estoy loca.
— ¿Ah, sí? —pregunta, y me da un beso—, pues ya somos dos.
—Voy a pasarte un test para comprobar si es verdad. Mira estas fotos, ¿qué ves? 
—Un lución, una oruga y una víbora de dos patas —contesta sin vacilar.
—Pues sí, estás tan loco como yo; porque según el biólogo y el psicólogo de Tragsa deberías haber visto: una víbora, una víbora peluda y una vecina antipática.

 
¿Un lución o una víbora?

¿Una oruga o una víbora peluda?
 
¿Una víbora de dos patas o una vieja cascarrabias?

— ¡Que los dioses nos libren de los cuerdos eruditos! y digo los dioses en plural porque un solo dios no podrá con tantos sabiondos. Es normal que las personas no entiendan de herpetología y confundan cualquier ser sinuoso con una serpiente venenosa, pero de ahí a diagnosticar trastornos de personalidad…

Es lo que tienen las crisis, cariño, que algunos psicólogos acaban asfaltando calles. O quién sabe si acaban asfaltando calles porque no sirven para psicólogos. ¡Pobrecitos!








Serpientes con la cabeza aplastada con la punta del pie, da igual si son víboras venenosas o culebras inofensivas. Todo se mata, aunque sean especies protegidas. 

Enlaces para diferenciar culebras de víboras: Las víboras están protegidas
Sobre el lución:  Anguis fragilis

lunes, 25 de julio de 2016

Cuidemos la naturaleza, por favor



Alegres borduras floridas


Como todos los días, he salido al amanecer a dar una vuelta con Inuki; voy, también como siempre, ensimismada mirando al cielo, a los pájaros, a los campos, a las borduras floridas... Os confieso que estos paseos se han convertido en un placer irrenunciable por lo hermosos y relajantes. 

Cerca de la ermita he encontrado esta bolita en el suelo,


me he acercado a ella y ha resultado ser un verderón.



Primero he creído que sería un pollito descansando en el suelo tras una sesión de pruebas de vuelo; aunque, al observarlo mejor, he comprobado que era un adulto y me he dado cuenta de que la pareja revoloteaba cerca vigilándolo.

Estaba vivo pero apenas podía moverse así que lo he cogido para evitar que lo aplastara algún tractor. Mi intención era recuperarlo en casa, pues no se le veía ninguna herida; sin embargo, a los pocos minutos ha muerto en mis manos.

Que descanse en un bonito prado con margaritas
 
Ayer también encontré un carbonero muerto sin ningún traumatismo aparente.

Hierba seca a causa del herbicida y pájaro muerto

Me pregunto por qué y se me ocurre que tanto el Ayuntamiento de Abejar como Conservación de Carreteras están rociando plantas con herbicidas. El herbicida mata la planta, envenena a los insectos que se alimentan de ella, y los insectos, a las pequeñas aves insectívoras por acumulación de tóxicos. 

Carbonero muerto

La mayoría de vehículos circulan con exceso de velocidad y, también, matan multitud de aves, ardillas y otros animalitos.

Por no hablar del odio que se tiene a golondrinas, aviones y vencejos que anidan bajo los aleros de los tejados. Para mí sería un honor que unas golondrinas anidaran en mi casa y me resultaría muy grato despertar escuchándolas trisar. En cambio, algunos lugareños rompen sus nidos porque manchan la fachada y cada año deben reconstruirlos, algo cada vez más difícil por la ausencia de agua y barro.

Empezando a reconstruir los nidos destruidos

Unas semanas más tarde algunos nidos están terminados, otros, a medias.

Y esto no es todo, se han reparado los baches de las calles con gravilla y un alquitrán que ha quedado líquido en la superficie durante días y empringa cualquier zapato o animal que pase por encima. Inuki se ha manchado las almohadillas de las patas y ha costado un horror limpiarlas, pero esta lagartija ha perecido.

Larga agonía en el alquitrán

Estos desenlaces me disgustan. ¿Es preciso echar herbicidas? ¿No es suficiente con cortar la hierba? ¿No se puede alquitranar de forma menos chapucera? ¿A nadie se le ha ocurrido poner una repisa medio metro más abajo de los nidos de golondrina? ¿Llegar cinco minutos antes a Soria merece la vida de un petirrojo o de un zorro?

Los animales no entienden de fronteras, y menos en un pueblo tan minúsculo como este. No se puede aducir que es casco urbano y quedarse a ver cómo las mariposas de la reserva se envenenan en los lindes del pueblo, cómo mueren las aves, cómo cada año hay menos abejas…

A este paso, Abejar deberá cambiar el topónimo y llamarse Sinabejar, tendrá una microrreserva de mariposas inexistentes y los abejareños que gustan de cambiar su gentilicio por abejarucos tendrán que volver al original, pues ya no tendrá sentido llamarse así si no queda ni un pájaro de estos.

Seamos más respetuosos con la naturaleza, por favor.

¡Qué daría yo por tener estas golondrinas en mi balcón!

Espigas y flores hablan de sus cosas sentadas en el banco.
El paseo de la ermita tiene su encanto cuanto está lleno de espigas y de plantas silvestres formando un mar verde salpicado de flores de colores.




 

Plantas muertas: herbicida altamente venenoso.
Altamente feo, además.

sábado, 9 de julio de 2016

Te invito a mi cumple

En el sabinar de Calatañazor


En agosto hay una fecha a tener en cuenta, por eso está señalada en rojo en el calendario: es el cumpleaños de Estela. A principio de año, ella y su hermano marcan el día de su nacimiento para acordarse de celebrar el cumpleaños. ¡Cómo si se les fuera a olvidar! Ni a ellos ni a nosotros porque tres meses antes empiezan a planificar.

Un día estaban los dos sentados muy modositos hablando, y como nos pareció raro que Estela estuviera quieta en mitad del campo, nos acercamos a ver qué sucedía.
— ¿Os pasa algo? ¿Qué hacéis ahí sentados?
—Nada, es una conversación privada, así que dejadnos.
— ¡Una conversación privada! Perdón, perdón, pues nos vamos.

Ya más tranquilos seguimos paseando porque uno no debe meter las narices en los asuntos de los demás y mucho menos cuando se trata de temas privados. Así que nos dedicamos a contemplar el sabinar que en primavera está cubierto de flores y huele de maravilla.

De vuelta a casa ya se había levantado el secreto de sumario.
— ¿Queréis saber de qué hablábamos? —preguntó Estela.
— Bueno... si ya no es secreto.
—Decidíamos lo que comeremos el día de nuestro cumpleaños.
— ¿Tan pronto? pero si todavía faltan meses.
—Es igual, así no te pilla desprevenida y ya sabes lo que tienes que comprar. Desayunaremos chocolate con churros; para comer prepararemos albóndigas con sorpresa de queso por dentro, espaguetis a la canela y de postre, tarta de nueces y helado.
—No está mal.
—Espera que no he terminado. Quiero invitar a mis amigos.
—Estela, tu cumple es en agosto.
—No, si no me refería a los del cole. Bueno a Sofía, sí, pero yo pensaba en los gatos. A Kitt y a Rayitas les voy a invitar a mi cumpleaños y como ellos no comen tarta, he pensado que les compraré una lata de sardinas y a las gallinas, maíz. ¿Qué os parece?
—Muy bien.


Me entra risa, le pregunto a Rafael qué le parece y, sorpresa, me confiesa que él también invitaba a sus gatos a sardinas o atún el día de su cumpleaños o el día que le parecía que era el cumple de su gato. Ya sabemos a quién ha salido la niña.
— ¿Es que tú no lo hacías?
—Yo he hecho muchas cosas, pero creo que esa no.

El esperado día de su noveno cumpleaños se despertó perezosa y contenta, desayunó chocolate y se fue a ver a sus gatos.
—Hola, Kitt. Ven, Rayitas. Hoy es mi cumpleaños, por eso os invito a sardinas. Espero que os gusten.
A juzgar por los lametazos, les gustaron como para repetir, pero tendrán que esperar hasta el próximo cumpleaños.