domingo, 27 de julio de 2014

No soy una perra, hija de perra



Un cachorro de perro acaba de aterrizar en mi vida. Ahora que ya empezaba a independizarme de mis hijos, caigo otra vez en la gran responsabilidad de cuidar de un bebé: vacunas, comidas especiales, horarios de salida, compra de juguetes, collares y demás; esto no se muerde, ahí no se sube, puedes dormir sobre las zapatillas, pero no te las comas, etc.
Me hago cargo de la situación con entusiasmo, pues me gustan mucho los animales y nunca he tenido un perro. De todos modos, me ha cogido por sorpresa que necesite tanta dedicación, yo estaba acostumbrada a los gatos que a los dos meses ya saben dónde hacer sus necesidades, qué comer…, no te complican nada la vida.
Una de las tareas más gratificantes es pasearlo. Por el momento, salimos solo un ratito, hasta que se cansa y luego regresamos. En el pueblo habitan unas doscientas personas, algunas poseen perros de caza, pero no hay ningún husky, así que el nuestro llama la atención.
— ¡Qué perro más bonito! Es de esos que tiran de trineo, ¿verdad?
—Sí. Sus padres compiten, pero este solo tira de nosotros.
— ¿Cuánto tiempo tiene?
—Tres meses.
— ¡Anda!, pues ahora serás su mamá.
Me ha dejado trastornada.
— ¿Cómo dice? ¿Su mamá? —mi cerebro deduce lo que eso significa y tal cual lo digo— Para que fuera su “mamá”, ¿qué tendría que ser yo? ¿Una perra, hija de perra?
—Mujer…
—No sé qué pensará mi madre, no creo que le guste que la traten de perra. Mi madre no era un chucho, era una mujer y bien bonita, por cierto.
La señora se ha quedado pasmada, no esperaba esta respuesta. Yo continúo en tono de broma.
—Piense en lo que me ha dicho, es que aún implica más: que haya parido un perro, solo puede significar que me haya apareado con uno. ¡No, desde luego, no soy la mamá del perrito! —exclamo haciéndome la ofendida.
A estas alturas ya la he escandalizado por completo, pero es que no soporto estas tonterías. Humanizar a las mascotas es atormentarlas, es someterlas a una serie increíble de sandeces que solo son imprescindibles en la mente de sus dueños: vestiditos, tatuajes, tinte de pelo, abalorios…
Privamos a estos animales de su libertad a cambio de alimento y refugio y pensamos que ha sido justo y que deben estarnos agradecidos; sin embargo, nadie les ha preguntado a ellos; en realidad, no les hemos dejado escoger. ¿Quién sabe si ellos preferirían su libertad ante todo?
Así pues, siento por mi perro y por mi gata un gran respeto. Para nosotros son más que meros juguetes, más que un entretenimiento; son uno más de la familia, realmente los queremos y apreciamos su compañía en lo que vale, los protegemos y los cuidamos.
Pero si, de verdad, los amamos no intentaremos humanizarlos, respetaremos su naturaleza y les dejaremos ser perro y gata y disfrutaremos precisamente de eso: de tener un lobo particular y una pequeña tigresa. Ojalá no tuvieran que estar encerrados en un piso y pudieran entrar y salir a su antojo. Si ellos, libremente, aceptaran mi compañía, me sentiría más que dichosa.
Me harían muy feliz, pero no soy su mamá. Yo soy la esposa de un hombre y la madre de un chico y una chica, lo que puedo y debo ser. El perro y la gata son mis compañeros.