jueves, 17 de julio de 2014

Vamos a por mi husky

Jaramillo de la Fuente      www.jaramillodelafuente.es


Es fastidioso levantarse a las seis de la mañana para ir a clase, pero si el madrugón es por un perrito largamente anhelado, Estela se levanta a la hora que haga falta. Es más, de no tener la puerta de casa cerrada con llave, quizá se habría marchado a pie antes que nadie. 

Jaramillo de la Fuente está al final del final, en la falda de la sierra de la Demanda. Llegar hasta allí es casi como viajar al pasado; la carretera nacional solo tiene una vía en cada sentido, circulan cada vez menos vehículos, las poblaciones son distantes y pequeñas, más que construcciones vemos trigales y rebaños. Tomamos una comarcal que nos lleva entre campos, bosques, riachuelos y, de repente, algunas casas añejas, unas habitadas, la mayoría, abandonadas. Voy callada, disfrutando del hermosísimo paisaje y pensando en que no se ve a casi nadie, hay más gatos que personas. Seguimos.

Llegamos a Jaramillo y llamamos a Marisol, que es la señora encargada de entregarnos al perro. Mientras esperamos observo: veinte casas, cinco personas, tres coches, dos gatos, cuatro perros, algunos caballos, unas cuantas vacas… Enseguida llega en un todoterreno y nos indica que la sigamos. El todoterreno acaba de romper el encanto bucólico y me río; aquí también llegan las antenas parabólicas, los móviles y todo lo demás. 

Marisol nos pide disculpas por la espera y explica que estaba con sus ovejas. Es una mujer de mediana edad, simpática y muy resuelta. Contrasta vivamente con el tipo de persona que esperaba encontrar,  más distante con los forasteros. Creo que ha sido por el efecto que me ha causado el viaje, contemplando la naturaleza y absorta en mis pensamientos, he llegado en un profundo estado de relajación. Yo estaba completamente desmadejada, en cambio, Marisol rebosaba energía.

Mamá es campeona de tiro y de cría de cachorros


La hemos acompañado hasta el cercado donde se encontraban los perros, mientras nos contaba que sus huskies eran campeones de tiro de trineo. Para separar a los padres, les ha echado una torta de pan al vallado de al lado y los ha encerrado. Luego nos ha enseñado nuestro cachorro. Esperábamos que fuera pequeñín, porque esta semana cumplía los dos meses; sin embargo, Inuki era, con diferencia, el más grande de toda la camada. Estela lo ha cogido en brazos y él se ha quedado mirándola muy tranquilo. Pensaba que se resistiría a ser cogido o a separarse de su madre, pero no ha sido así, es posible que Estela le haya gustado desde el primer momento.

Volvemos al coche para meter al cachorro en su transportín, lo cual no resulta fácil por su gran tamaño, pero se acomoda sin protestar. Parece un buen perro. Entramos un momento en casa de Marisol para recoger el resguardo de las vacunas mientras ella nos explica que vivió una temporada en Zaragoza, pero que prefirió regresar al pueblo y dedicarse a criar ovejas. Mientras nos cuenta cómo, en ocasiones, da el biberón a los corderos, la miro a los ojos, tiene una mirada despierta, directa, franca, habla con pasión. Me cae bien esta mujer. Pienso que su forma de vida, en algunos aspectos, difiere muy poco de la de hace ¿cien años?  ¿quinientos? Creo que sus conocimientos provienen de una aptitud  natural de comprender la naturaleza y amarla, una especie de sabiduría ancestral que no está en los libros. Admiro esa capacidad de aprehender (con hache). 

Ajena a mis reflexiones, ella sigue hablando, nos ofrece un café y si, en algún momento, queremos ovejas, nos buscará unos buenos ejemplares. No tiene ni idea de hasta qué punto nos está tentando. Si yo supiera lo que ella sabe, nos hacíamos pastores. 

Al despedirnos, Marisol nos pide que le enviemos fotos del perro para verlo crecer, para saber que está bien. A  esta mujer le importa el tipo de vida que llevará. Definitivamente, me gusta Marisol.

Siete hermanos