martes, 12 de agosto de 2014

Aromas del sabinar de Calatañazor - Soria

Panorama desde el sabinar de Calatañazor - Soria

—Prepárate, Inuki, que hoy te llevaremos a un lugar nuevo: el sabinar de Calatañazor. Verás cómo te gusta; ahora, en primavera, está en su mejor momento.

No vamos por la carretera, nosotros preferimos subir a pie por una pista forestal de tierra, así el trayecto se hace más largo y podemos detenernos a observar, tranquilamente, todo lo que nos llama la atención.

Es una redundancia esta cuesta que serpentea labrada de serpentinas; serpentea entre robles y despeñaderos, y sobre ella, las avenidas de agua han excavado meandros serpenteantes.

A mitad del camino se encuentra nuestro quejigo favorito, siempre que pasamos por aquí le saludamos, a veces, hasta nos fotografiamos con él; un honor que nos concede este magnífico ejemplar.

—Inuki, si tienes sed, podemos desviarnos un momento y bebes en un arroyo de agua cristalina que baja del sabinar. Pero vigila porque no hay camino, pasaremos por la estrechísima senda que abren los corzos, la piedra está suelta a causa de los hielos y deshielos, y es fácil caerse y rodar hasta el fondo del barranco.


Acercarse hasta la pequeña cascada se convierte en una mini aventura; por peligrosa, por ser un lugar donde nunca hay nadie y por lo preciosa que es el agua pura y fresca; te haces la ilusión de que se trata de un paraje virgen. El suelo, lleno de fósiles de conchas, aviva la imaginación para que le ponga a esta torrentera un lago, dinosaurios y movimientos telúricos.

Siguiendo el ascenso, llegamos a una curva donde Inuki se detiene bruscamente, está atento, olfateando, no sabemos qué le tiene tan intrigado. ¿Es el zumbido de las abejas que revolotean sobre las jaras en flor? ¿Ha olido a dos corzos que andan sin prestarnos atención por la ladera de enfrente? Si, de repente, el perro se lanza a la carrera e intenta trepar a un roble, no hay duda; ha visto una ardilla.
—Inuki, ya sabes: las ardillas son amigas. Déjala en paz que estará muy asustada.
—Grrr. Guau, guau, guau.


Al borde del camino crece una planta que no había visto nunca con unas exóticas flores atigradas en forma de jarrita boca abajo, parece una orquídea. Lo primero que se me ocurre es que debería preguntarle lo que se siempre se pregunta en los pueblos: “¿Y tú, de quién eres?” y ella contestaría que es de la familia tal, especie, subespecie… un lío. La pobre flor no se lo sabe y yo no se lo exijo porque, a mí, de pequeña me pasaba igual con tanta familia.

¿Tú, de quién eres?
 —Ya llegamos arriba, Inuki. Ahora nos acercaremos al borde de este altiplano que es el sabinar y verás un panorama tan impresionante que te quedarás sin decir ni guau de la emoción.
Allá abajo, han quedado los trigales, el pueblecito; al fondo, los pinares; hasta se ve el lago azul; azul azul compitiendo con el del cielo; y las montañas nevadas detrás abrazándolo todo. Fíjate; incluso los milanos vuelan por debajo de nosotros, sobre nuestras cabezas lo habitual es que planee algún buitre leonado con su bufandita de plumas. 

¡Qué insignificante parece todo desde esta altura! Sobre todo las personas con sus encuentros y desencuentros. Cuando regresemos al pueblo todas las complicaciones recobrarán su magnitud y, agazapadas en las esquinas, nos acecharán banalidades que supuestamente son importantes. Falta la perspectiva que se tiene desde aquí, desde esta distancia que relativiza todos los asuntos.

Vistas desde el sabinar de Calatañazor - Soria
Investiga lo que te apetezca, eres un perro libre. 

El husky se enfrasca en sus tareas de reconocer y marcar el extenso territorio. 

La vegetación de esta meseta se ve expuesta a un suelo muy calizo y descarnado, a hielos y ventiscas en invierno, y a la solana y la sequía extrema en verano. Las pocas plantas capaces de sobrevivir aquí son verdaderas heroínas, duras y resistentes y, al mismo tiempo, gentiles como para cubrir esta áspera tierra de pequeñas matas redondas y floridas. Han transformado el sabinar en una mantita verde, llena de suaves almohadas de tomillo, lavanda, campanillas y florecitas blancas que parecen de papel. ¡Son tan bonitas, les cuesta tanto vivir aquí, que ando de puntillas para evitar pisarlas!



Inuki, corretea por todo el sabinar y, como a su paso, roza las variadas plantas aromáticas, al instante, se desprenden deliciosas fragancias. Agotado tras la intensa exploración, se tumba a la sombra de un enebro. Yo también quiero relajarme bajo una sabina, y disfrutar de la dulce brisa perfumada del sabinar, y descansar la vista sobre una suave almohada de delicadas campanillas, y dejar que mis sueños vuelen con mariposas y abejarucos en el cielo azul de primavera.

Inuki descansa a la sombra de una sabina y contempla, allá abajo, el embalse de La Cuerda del Pozo