sábado, 23 de agosto de 2014

Gracias, Joaquín Araújo




Caballos silvestres en los pinares de Soria
Tras salvar a la cigüeña, se me ocurrió escribir a Joaquín Araújo, así de atrevida soy, preguntándole sobre las teorías de Rupert Sheldrake.  Unos días más tarde, recibí la respuesta, pero lo que más me sorprendió fue que nos dio las gracias por salvarla y por nuestra compasión.

¿Y tú me das las gracias, Joaquín? Yo debería dártelas a ti antes, te las debo desde que era pequeña. Para que comprendas qué clase de niña fui, y hasta qué punto siempre te he estado agradecida, te cuento una experiencia previa a la que intervienes tú.

Cuando tenía cuatro años, mis padres me llevaron de paseo por la playa hasta el puerto donde estaban desembarcando pescado para la subasta. Ellos pensaron que lo pasaría bien viendo tantos peces distintos, no fue así. Yo no apreciaba ni colores ni variedad, solo veía peces boqueando y coleando.  
— ¡Mamá, están vivos! Tenemos que salvarlos.
—Son para venderlos.
—Pero aún están vivos. Cómpralos y los tiraremos al mar. ¡Corre!

Evidentemente, me dijeron que no era posible. Ver a los peces agonizando, sacudiéndose en un intento desesperado de escapar, con las bocas abiertas, ahogándose, me produjo un horror brutal.  La angustia que sentía era tan fuerte que entré en shock y yo tampoco podía respirar. A nadie le importaba que los peces se murieran. Impotente, me puse a llorar y a gritar y armé tal follón que tuvieron que sacarme de allí enseguida. Todavía recuerdo la escena con claridad.

Años después, estaba viendo El Hombre y la Tierra, cuando, de pronto, un pollo de cormorán se cae al agua y no es capaz de volver a levantar el vuelo. ¿Y, ahora, qué? Se me hizo un nudo en la garganta, se me anegaron los ojos de lágrimas…  y pensé: “Otro episodio como el de los peces”. De repente, un chaval se lanza al mar. Sin importarle el oleaje o la dificultad de manejar a un ave asustada que puede vaciarle un ojo, (la cabeza de un hombre sumergido queda a la altura del pico), nada decidido y recoge al pájaro. ¡Qué alivio! Luego lo alimenta, lo cuida, se lo lleva de paseo y realiza con él filmaciones de pesca submarina. Final feliz. 

No te imaginas lo contenta que me fui a dormir ese día. Con el tiempo, he sabido que eras tú, Joaquín Araújo. Gracias  gracias  gracias, Joaquín. 

Ya ves: eso de los rescates, en parte, lo aprendí de ti. Desde entonces, he salvado: cernícalos, gatos, vencejos,  gorriones…; he alimentado: caballos asilvestrados, palomas, carboneros…; he apuntalado robles jóvenes, he plantado pinos, he protegido flores…

¿Te haces una idea, ahora, de lo que significó para mí que rescataras al cormorán? Otra vez, GRACIAS, Joaquín. 

Carbonero: gourmet soriano amante de las pipas y del queso