lunes, 18 de agosto de 2014

Premonición



— ¿Dónde quieres ir hoy? ¿Vamos por el camino de la ermita? —me pregunta mi marido.
—Vale —contesto, pero en el fondo estoy pensando que a dos días de julio quizás pasaremos mucho calor.

Como si me leyera el pensamiento, me dice que tiene el antojo de ir por allí y que cuando el sol apriete ya estaremos de vuelta. No me opongo a su propuesta porque siempre tiene la cortesía de dejarme escoger a mí, así que hoy vamos por donde a él le apetece.

Nos ponemos en camino, bajamos la cuesta y cruzamos la nacional que está desierta. Bromeamos sobre el tráfico que tiene esta carretera, especialmente, el domingo a las ocho de la mañana. Tomamos el paseo que lleva a la ermita y, como es habitual, levantamos la mirada hasta el nido que hay en el campanario.
— ¡Mira, el pollo de la cigüeña se ha caído del nido!
— ¡Se mueve, aún está vivo!

El corazón se nos ha encogido de pena. Detrás de las campanas hay un pequeño balcón cuya barandilla está rematada con afiladas puntas. Lo que es una medida de seguridad para las personas se convierte en una trampa para las cigüeñas que caen dentro porque la gran envergadura de sus alas les impide levantar el vuelo. Este pollo ha quedado colgando de un ala y no puede ni apoyarse en el suelo ni volar, aletea desesperado intentado liberarse. Su madre lo observa impotente desde el nido. ¡Qué angustia!


—Avisemos al Seprona (Servicio de Protección de la Naturaleza).
—No sé el número, llamaré a la Guardia Civil, ellos lo tendrán.

La Guardia Civil nos ha informado de que mandarían una patrulla y de que avisarían al Servicio de Medioambiente de la Junta de Castilla y León para que se hiciera cargo del ave. Al poco, ha llegado una chica de la Guardia Civil, ha visto donde se encontraba el pollo de cigüeña y nos ha dicho que ellos no disponían de escalera para llegar al campanario, ni los de medioambiente tampoco.

¡Qué desastre! El pollo se veía cada vez más exhausto y lo peor es que el ala sangraba y el sol calentaba cada vez más. Nos temíamos que no aguantara.

—Llamemos al alcalde, es posible que el ayuntamiento tenga llave o él sabrá quién la tiene.
—El alcalde no contesta, son las ocho y media de la mañana de un domingo.
—Quizá las vecinas que arreglan la parroquia también tengan llave de la ermita…

He corrido hasta el pueblo, allí me he encontrado a un vecino madrugador y me ha dicho que solo el cura tiene las llaves y que vive en el pueblo de al lado. La chica de la Guardia Civil lo ha llamado, y como hoy tiene que decir misa, llegará al cabo de un rato.
—Algo es algo. Pero la cuestión es si la cigüeña resistirá.

Nos hemos vuelto a la ermita, el vecino, que es de los más majos del pueblo, también. Esperamos, esperamos, esperamos… la espera siempre es larga cuando la vida está en juego. Todos miramos al campanario; todavía vive, pero cada vez se mueve menos.
Ha llegado la patrulla de medioambiente, el agente se disculpa porque estaba solo y tenía que hacer no sé qué de un curso para bomberos. Lo importante es que está aquí. El ruido del todoterreno ha sobresaltado a la cigüeña que forcejea con los hierros intentando volar. Y logra desprenderse, cae al balcón y, por desgracia, se cuela por la trampilla de acceso y va a parar al tejado. Ha quedado patas arriba, toda desmadejada, las alas abiertas, el cuello torcido. ¿Ha muerto del golpe? Pasa un rato, no se mueve. 

Llega otra patrulla de medioambiente, pero tampoco tienen escalera y el cura no llega. Quizá cuando aparezca sea demasiado tarde. El ave sigue inmóvil.  El coche del párroco asusta a la cigüeña y al intentar levantarse, cae dentro de la trampilla del tejado y desaparece. ¡Al menos, está viva!

El vecino coge la llave y abre la ermita, mi marido se pone unos guantes y sube al tejado. Inuki y yo solo podemos esperar fuera. Al fin sale con el pollo en brazos.Lo primero que hace es darle un poco de agua de la fuente, luego inspecciona el ala; por la herida abierta se ve el hueso, a simple vista no parece roto, pero tampoco podemos asegurarlo sin una radiografía. Le recoge las alas, la coloca con mucho cuidado sobre la hierba a la sombra y se quita su chaqueta para taparla. 



Creo que todos estamos aliviados, incluida la madre cigüeña que nos está mirando desde el nido.
Comento al cura y a los agentes de medioambiente que es la tercera vez que una cigüeña se cae a ese balcón y preguntamos si no sería posible colocar un tablón para taparlo por encima. El párroco asegura que los de patrimonio no lo permitirán porque afea la ermita.
— ¡Pues estamos apañados! Las cigüeñas también son patrimonio, también son criaturas de Dios, y si el tablón afea, las cigüeñas embellecen el campanario. Al menos, podríamos poner una tela metálica que no se ve tanto y serviría igual.
Esto le parece al cura más compatible con las exigencias de los de patrimonio.

Llega la patrulla de Valonsadero que se llevará el pollo a la guardería. Me intereso por el tratamiento que van a darle y el agente nos comenta que tiene varias cigüeñas, algunos cernícalos, un par de búhos, un águila calzada…, nos dice que no nos preocupemos que saben lo que tienen que hacer, y cuando esté recuperada, la soltarán otra vez aquí. 

Ha tenido un final feliz, antes de marcharnos damos las gracias a las dos patrullas de la Guardia Civil, a las de Medioambiente y al párroco. 

Inuki se ha portado muy bien, aunque se haya quedado sin paseo, si ni siquiera ha querido comerse a la cigüeña. Nos volvemos a casa muy satisfechos.
— ¿Sabes una cosa? Esta mañana, no sé por qué tenía el impulso de pasar por la ermita.
—Sí, lo sé. Me ha extrañado que quisieras venir por aquí, pensaba que iríamos al pinar igual que otros domingos. Ha sido una casualidad muy oportuna.
—Dicen los físicos y los filósofos que las casualidades no existen. Más bien ha sido como una premonición.
—El biólogo Rupert Sheldrake asegura que hay animales capaces de comunicarse con personas con las que tienen lazos fuertes y advertirles de peligros o encontrarlas o pedirles auxilio.
—Pero nosotros no tenemos relaciones próximas con esta cigüeña.
—No. Por eso digo que ha sido una casualidad. Sin embargo, hace dos meses que fotografío este nido, ayer mismo le saqué una foto al pollito y recuerda que, muchas veces, al pasar bajo el campanario saludamos a la cigüeña con una imitación de crotoreo, y ella siempre nos mira con curiosidad. Sabe que solemos pasear por aquí a estas horas y sabe que nos gustan las cigüeñas. Sería bonito pensar que nos ha enviado un mensaje de socorro.

Se queda pensando. Yo lo miro de reojo y pienso: “Cariño, eres mi héroe: te subes a un tejado a salvar pollos sin importarte si vas a caerte, si las cigüeñas sacan los ojos a picotazos como nos han advertido los agentes, te quitas la chaqueta para abrigarlo, le das agua, le recoges la alita herida… ¡Me encanta que seas así!”