miércoles, 3 de septiembre de 2014

El mapa del tesoro



Cuando el sol ilumine el cuarto nido de abejaruco
  
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Cuando los primeros rayos del sol iluminen el cuarto nido de abejaruco, sube a la colina y localiza, al oeste, el esqueleto del árbol de los buitres leonados; luego, sigue la larga sombra de la rama más alta que se proyecta sobre las arenas, el extremo señala donde está enterrado el tesoro.
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—Cava, Inuki, cava. ¿Qué has encontrado?
— ¡Un tesoro! ¡Un tesoro!
— ¿Diamantes? ¿Joyas? ¿Dinero?
—Un hueso.
— ¡Bah, eso no es un tesoro! Si al menos hubieras encontrado oro…
— ¿Oro? Pero si el oro no sabe a nada y está durísimo. Yo no sabría qué hacer con él. ¡Un buen hueso sí que es un tesoro!
— ¡Ay, Inuki! Si yo te contara la evolución de la humanidad y la creación de la moneda como medio de intercambio comercial y su respaldo en oro, y el dinero virtual que no tiene respaldo en bienes reales… No sé cómo explicarte que nos hemos creado un espejismo y vivimos dentro de él tan felices; hasta el día en que desaparezca, claro, y nos demos cuenta de que no tenemos nada. No  puedo convencerte de que estás equivocado y de que nosotros somos muy listos, porque ni yo me lo creo. Nos desvivimos por el dinero mientras desatendemos las cuestiones verdaderamente importantes.
Llevas razón, perro, un hueso es un tesoro tangible y apetitoso. ¿Qué más se puede pedir? Buen provecho, Inuki.


Buitres leonados en el árbol muerto - Soria


Inuki en busca del tesoro