lunes, 8 de septiembre de 2014

El patio de las tórtolas



En esta Soria rural, ya solo viven las palomas en la casa del cura

Inuki baja corriendo las escaleras de la iglesia y provoca una desbandada de palomas.
— ¡Perro travieso, déjalas en paz!
Revolotean asustadas hasta las ventanas de la casa del cura, rectifico, su casa, porque hace muchos años que no vive ningún cura y, ahora, ellas aprovechan los alféizares para anidar.




—Mira, Inuki, hay tórtolas turcas. Ellas me traen recuerdos de la infancia, del pequeño patio encalado donde mi abuelo tenía tórtolas. A un lado, crecía un jazmín y al otro, una parra trepadora, y entre ambas, formaban un dosel verde. Bajo su sombra las seis primas pasábamos el verano jugando. 

Un día de bochorno insoportable que estaba aburridísima, para entretenerme un rato, empecé a leer un libro en el rincón más fresco del patio. Tendría unos ocho años y me gustó tanto que memoricé la primera página. Acababa de descubrir Platero y yo

— ¿Ves, Inuki? Juan Ramón Jiménez escribía sobre su burrito y yo lo hago sobre ti que también eres pequeño, peludo y suave. Te confieso que no soy poeta, pero no por eso vas a quedarte sin que cuente tus historias.

Cuando el calor apretaba, la abuela nos refrescaba con la manguera de regar. ¡Qué gritos! ¡Qué risas! Palmeras de agua… y más risas y saltos… ¡Qué esencia tan penetrante desprendían los geranios al mojarse! Luego nos daba la merienda: toña con chocolate y uvas y una horchata o granizado de limón. ¡Delicioso! Nos lo terminábamos enseguida, que nada abre más el apetito que jugar al aire libre.

Después seguíamos saltando o cuidando muñecas o peleándonos hasta que nos dejaban salir a la calle con los demás niños. Recuerdo muy bien ese momento; el cielo era intensamente azul, volaban muchas golondrinas y aviones y vencejos. Los veíamos entrar y salir de sus nidos bajo los aleros de los tejados. A esa hora, se regaban los jardines y como todos tenían rosales en flor la tarde se llenaba de un perfume de rosas que nunca he podido olvidar.

Al atardecer, llegaba el abuelo cargado con cajas de ciruelas y melocotones acabados de recoger. Estaban en su punto, aromáticos; a cada bocado, dulces y jugosos. 

A la hora de acostarnos, estábamos exhaustas pero ninguna quería irse a dormir. Entonces la abuela nos contaba cuentos de esos que no están en ningún libro: Las bodas del cielo, Los gigantes negros, Las tres perdices… Se estaba tan bien en el patio…, las tórtolas arrullaban, olía a jazmín, se veía un trocito de cielo lleno de estrellas, por fin, refrescaba y los ojos se nos cerraban soñando con reyes, piratas y zorros.

¿Sabes qué es lo que más echo de menos de aquella época, Inuki? No es la juventud, sino la pérdida de la autenticidad; los helados sabían riquísimos porque eran artesanos, la fruta era sabrosa y fragante y los rosales desprendían perfume de rosa, como debe ser.

Inuki, no persigas a las tórtolas que es de lo poco que sigue siendo auténtico.


La tarde se llenaba de un perfume de rosas que nunca he podido olvidar...