domingo, 2 de noviembre de 2014

Leyenda de la estación abandonada



 



“Y que yo me la llevé al río

creyendo que era mozuela,

pero tenía marido”

Del Romancero Gitano. Federico García Lorca.

— ¿Sabes que esta senda fue la vía del ferrocarril, Inuki? Cuesta un poco de ver porque el año pasado arrancaron los raíles, además las plantas crecen rápido y pronto la cubrirán; entonces, el único recuerdo que nos quedará del tren será la vieja estación.

Hace más de cuarenta años, debió de ser un lugar bonito al que llegar. Construyeron la estación en dos plantas, en la parte baja puedo imaginar a los viajeros con sus maletas entrando y saliendo por las puertas de arco; arriba, vivían el jefe de estación y su esposa. Era un hogar con flores en los balcones, cortinas en las ventanas y un pequeño jardín con rosales y manzanos. 




¡Qué diferencia con lo que encontraremos ahora! La estación no es más que un edificio destartalado, las ventanas están rotas, las cortinas vuelan hechas jirones, escondidos entre la maraña de plantas silvestres, aún florecen algunos iris que pertenecieron al jardín y los manzanos avejentados solo dan frutas raquíticas. Todas las puertas y los arcos permanecen tapiados; al principio no lo estaban, se limitaron a abandonar la estación y ya está, pero dicen que ocurrió una tragedia y después decidieron cerrarla a cal y canto.




Te cuento la historia, pero no estoy segura de si se trata de un suceso muy antiguo o de una leyenda. Al parecer, la esposa del maestro solía dar un paseo todos los días, y cuando el tiempo era bueno, andaba tranquilamente hasta la estación recogiendo moras y tomando el sol. Una tarde, al llegar allí, encontró a otro vecino, charló con él un rato pues ambas familias mantenían una cierta amistad. Amistad y confianza hasta el punto de haber solicitado consejo y favores al maestro, que entendía de letras. 

Inuki, ella no desconfió y fue un error, pues ese vecino, que sabía de sus paseos, la estaba esperando con malas intenciones; él no estaba allí para hablar, él quería lo que tenía el maestro: quería poseerla.  Hasta donde pudo llegar solo lo saben ellos dos; y el marido, porque ella se lo contaría.

Nadie se enteró de cómo le ajustó las cuentas el maestro, pero todos comprendieron que algo grave le había sucedido. El otrora engreído señorito de pueblo, que trataba a todos con desdén, que se jactaba de hacer con las mozas lo que él quería; de pronto, andaba por los bares encogido, cabizbajo, la mirada extraviada, borracho. Con frecuencia, hablaba solo, como si oyera voces en su cabeza y discutiera con ellas. Los lugareños lo rehuían creyendo que algo sobrenatural se había apoderado de él.  ¿Qué le sucedió, Inuki? ¿Cómo pasó de chulo a mindundi de la noche a la mañana? 

Cuentan que una tarde se fue al pinar a recoger setas. Al anochecer no había regresado a casa y sus hermanos, preocupados, dieron parte a la Guardia Civil. Organizaron partidas de búsqueda en los parajes más cercanos, pero no encontraron nada. En los días sucesivos peinaron zonas más amplias, sin embargo, el bosque soriano es tan inmenso que no hallaron ni rastro. 

En los bares podía escucharse toda clase de suposiciones: que si se habrá perdido, que si iba ebrio, que si puede haber caído y estar herido, que es posible que le atacaran los lobos y lo devoraran,  que si puede haberse ahogado en el pantano; que si alguien, harto de sus abusos, le habrá pegado un tiro… Muchas especulaciones y ningún resultado; el hombre seguía desaparecido.



El dos de noviembre, Día de los Difuntos, parecía que no pudiera amanecer; en el cielo, nubarrones de azul índigo libraban una batalla de agua y truenos, truenos y agua, que caían con furia sobre Soria. Un rayo hizo estallar un roble en lo alto del sabinar, desde aquí se ve, Inuki; luego otro partió un álamo cerca de la estación y al caer rompió parte del tejado. Las chispas iniciaron un incendio y los vecinos, temiendo que se extendiera al almacén de mercancías donde guardaban la paja, corrieron a sofocarlo. 

Por suerte, la misma lluvia apagó el fuego, pero decidieron comprobar que no hubiera llamas dentro de la estación y entraron. No. ¡Qué suerte! pues la viguería era de madera, el suelo del piso de arriba estaba roto en parte y podría haber ardido por completo.  Cayó un rayo, iluminó  la planta alta un instante; suficiente para que las pupilas se dilataran horrorizadas y comprendieran lo que estaban viendo, las gargantas quisieron gritar, pero enseguida el trallazo del trueno que siguió al rayo les sobrecogió y les dejó mudos; luego siguió retumbando por las sierras como una amenaza o como una extraña advertencia. Volvió la oscuridad.

Adivina qué encontraron, Inuki. Un hombre ahorcado. Era el señorito. Como había salido a recoger setas le buscaron hacia el norte, en el bosque, aquí no había motivo para venir. 

Nadie sabe si se colgó o le colgaron. El derecho de pernada que tuvieron los señores feudales hace mucho que desapareció, aquel señorito no quería darse por enterado, y es posible que alguien le pusiera en su sitio. También podría ser que no soportara ser rechazado, que no aguantara el desprecio y la humillación de ser considerado un don nadie. Mal está que no respetara a las mujeres, pero que además fuera a buscar a la esposa del maestro traicionando así al hombre que le había ayudado es de ser… ¿Qué opinión te merece, Inuki?

Ya ves, Inuki, el gitano de Federico García Lorca era más decente, él no sabía que estaba casada.

“Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido”

Pero de este viejo salido los versos dirían:

Se la encontró en la estación,
y sabiendo que tenía marido,
pretendió hacerla suya.
Y acabó colgado, sin ella y sin honra.

La estación es el lugar de la tragedia, está abandonada, esperando a que las inclemencias la derrumben y la vegetación la cubra y la haga desaparecer y se olvide, por fin, este suceso.