sábado, 27 de septiembre de 2014

Inuki haciendo honor a su nombre



 


¡Hay tanto que hacer en Soria…! Inuki baja la cuesta a la carrerilla; excava excava excava un hoyo, atrapa hojas que arrastra el viento, escala por un terraplén, salta como si fuera una gacela, juega con el perro de nuestros vecinos, brinca de un margen al otro de las acequias, trota con su amigo el pony, saluda con unos ladridos a los terneros, arrastra tronquitos, caza topillos, pelea cuerpo a cuerpo con su dueña, vigila quién anda por el camino, amenaza a desconocidos que se acercan en la oscuridad, persigue a Kírara y la muerde en broma, habla a cuantos le dan conversación, husmea madrigueras, bebe agua de ríos cristalinos, nada en el lago, marca senderos, explora bosques, atraviesa prados corriendo, reconoce árboles, intenta trepar por un roble para alcanzar a una ardilla, sorprende al zorro, acecha a los corzos… en los pinares sorianos siempre hay algo interesante.


— ¡Qué perro más bonito! ¿Cómo se llama? —pregunta una niña.
—Inuki.
—Qué nombre tan original, ¿significa algo?
—No estoy segura. Se lo puso mi hija que es una amante de Japón. Creo que, en japonés, inu es perro y qi energía, pero todo junto…
—Entonces Inuki sería: perro lleno de energía o energía en forma de perro, ¿no?
—Es posible y si así fuera, sería de lo más adecuado porque, desde luego, hace honor a su nombre.

Los físicos han estudiado la energía nuclear, la mecánica, la calorífica, la electromagnética, la gravitatoria ¿y la perro? ¿Cuándo investigarán esta forma de energía que es Inuki?









viernes, 19 de septiembre de 2014

Soria, tierra de inspiración divina

Le daré nieve que cubra de blanco las montañas, y lobos, osos y águilas


—Inuki, no curiosees ese trasto, es un motor y puede contener sustancias venenosas. No sé cómo lo han tirado al borde del camino. Voy a contarte un chiste que me explicaron una vez.

Estaba Dios con todos sus ángeles en plena efervescencia creadora cuando, de repente, tuvo una inspiración.
—En este lugar —dijo señalando hacia aquí—, se levantarán unas montañas nevadas, en la falda crecerán frondosos bosques, más abajo dejaré zonas llanas cubiertas de fértiles praderas por donde discurrirá un caudaloso río —explicaba concentrado en su visión mientras los ángeles le escuchaban atentos.
— ¿Habrá fauna? —preguntó un querubín.
—Sí, sí. Será una tierra rica; con ciervos, corzos, osos, jabalíes, patos… de todo.


—Señor, me gustan los linces, ¿pondrás alguno?
—Claro, y lobos, también distintas especies de aves.
— ¿Y qué clima tendrá?
—Le daré un invierno con nieves para que estas montañas reluzcan cubiertas de blanco, lluvias en primavera que rieguen los campos y un verano suave que invite a disfrutar de la vida, pero sin exceso de calor ¡que esto no es el Infierno!
     ¡Ja, ja, ja! —se rieron los ángeles.


—No solo tendrá un paisaje hermoso sino que se vivirá bien; al hombre trabajador no le faltará la caza, obtendrá cosecha de cereales de sus campos, verduras y frutas de sus huertos, se criará hermoso su ganado, podrá cortar la leña necesaria para calentarse en invierno.
—Perdona, Señor —se atrevió a interrumpir un arcángel— pero este sitio es el Paraíso en la Tierra.
—Así es —prosiguió Dios—. Soy un dios generoso; Soria será una tierra de inspiración divina.
—Pero entonces… ¿para qué va a querer venir el hombre al Cielo si ya tiene un paraíso en la Tierra? Nadie tendrá interés, nadie se esforzará en ser bueno para ganarse el Cielo.
—Tú, tranquilo —replicó Dios sin inmutarse— que todavía no he terminado: voy a poner unos cuantos personajillos de tela marinera… ¡Verás como todos los demás tienen ganas de venir al Paraíso!
— ¡Ah, entiendo! —se rió socarrón el arcángel— según lo que hagan tendrán o no paraíso.

—Inuki, ¿tú qué crees que opinará Dios viendo Soria desde las alturas? ¿Piensas como yo que estará muy decepcionado? Solo hay que darse un paseo y mirar.

El hombre está esquilmando el Paraíso; ha deforestado zonas que fueron espesos bosques, corta y amontona leña,  y vuelve a cortar y a amontonar tanta madera que no tiene tiempo de quemarla. Veo pilones que ya estaban aquí cuando llegamos y no se han usado todavía y siguen creciendo cada verano hasta que se estropea toda. Es avaricia de acumular.

Han exterminado por miedo al oso y al lobo; por considerarlos dañinos, al lince y al águila imperial; envenenan ratones y zorros y rapaces; por superstición queman búhos vivos y matan gatos a pedradas o con petardos; por simple diversión destrozan los nidos de las aves, y por deporte cazan lo que no necesitan para comer. 

Se contamina el aire, el agua, la tierra y las plantas con insecticidas, herbicidas y basuras. Se arrasa con todo lo que la naturaleza nos ofrece, no se recolecta lo estrictamente necesario, se lleva todo aunque luego sobre y se tire. Es un despilfarro.

Los hombres ni siquiera son buenos para ellos mismos, Inuki, se hacen la vida imposible unos a otros.

Soria es de inspiración divina; como decía el ángel, un paraíso en la Tierra. Lástima que los hombres, en lugar de conservarla, la destrocen de manera sistemática. Aun con todo, Soria está mejor conservada que otros lugares que ya han sido expoliados por completo.

¿Qué pensará Dios? ¿Tú crees que dejará entrar en su Paraíso celestial a quienes destruyen el terrenal?



Un caudaloso río discurrirá entre fértiles praderas


En sus frondosos bosques, vivirán lobos, linces, osos y aves rapaces.


Será una tierra rica, con ciervos, corzos, jabalíes, zorros...


En los llanos crecerán trigales y les regalaré multitud de aves

 
El ganado se criará hermoso y cada primavera se reproducirá en abundancia




viernes, 12 de septiembre de 2014

Inuki aúlla a la luna

Contemplando la puesta de sol desde el sabinar de Calatañazor - Soria

Los pinares de Soria se van quedando en penumbra, el anochecer es espectacular: al oeste, el sol muere en una pelea a sangre; al este, aparece la luna llena sobre la sierra de Cabrejas.
—Inuki, fíjate qué luna más inmensa, ella sola ilumina todo el sabinar de Calatañazor; podremos quedarnos un rato más.




Ni el husky ni nosotros tenemos ganas de volver a casa y paseamos disfrutando de una noche tan agradable. Voy distraída contemplando la luna y, en un recodo del camino, veo una imagen que me deja estupefacta: un cartel advierte de que estamos en un coto privado de caza, pero lo curioso es que la luna está sobre él.
— ¿Será posible? Mirad, la luna está dentro del coto de caza. ¿Serán capaces los escopeteros locos de dispararle?


Luna prisionera en el coto de caza

 Inuki observa la luna, me mira y se sienta.
— ¿Vas a quedarte aquí toda la noche, Inuki? ¿Vigilarás para que nadie la mate? Me parece bien, perro. Si ves a los cazadores, avísala enseguida para que se esconda detrás de alguna nube o de la sierra.
El lobo que hay en Inuki, levanta la cabeza, mira a la luna, entrecierra los ojos y aúlla en un lamento largo y sentido que me eriza toda.
—Es un aviso muy efectivo. Te confío la luna. Hasta mañana.



Al amanecer, encuentro al husky satisfecho de haber cumplido su misión, sobre una loma se despide de su protegida.
—Gracias. No olvidaré nunca ni tu compañía, ni tu instinto de protección, ni tu aullido. Que nadie te prohíba aullar a la luna; a mí me gusta, y esto es solo entre tú y yo. Hasta pronto, amigo.
—Adiós, Luna.
Ya veis: Inuki tiene permiso expreso de la luna para aullarle y supongo que los lobos, también. 


Luna a salvo: misión cumplida


La luna, pequeña ya en el horizonte, se despide de Inuki




lunes, 8 de septiembre de 2014

El patio de las tórtolas



En esta Soria rural, ya solo viven las palomas en la casa del cura

Inuki baja corriendo las escaleras de la iglesia y provoca una desbandada de palomas.
— ¡Perro travieso, déjalas en paz!
Revolotean asustadas hasta las ventanas de la casa del cura, rectifico, su casa, porque hace muchos años que no vive ningún cura y, ahora, ellas aprovechan los alféizares para anidar.




—Mira, Inuki, hay tórtolas turcas. Ellas me traen recuerdos de la infancia, del pequeño patio encalado donde mi abuelo tenía tórtolas. A un lado, crecía un jazmín y al otro, una parra trepadora, y entre ambas, formaban un dosel verde. Bajo su sombra las seis primas pasábamos el verano jugando. 

Un día de bochorno insoportable que estaba aburridísima, para entretenerme un rato, empecé a leer un libro en el rincón más fresco del patio. Tendría unos ocho años y me gustó tanto que memoricé la primera página. Acababa de descubrir Platero y yo

— ¿Ves, Inuki? Juan Ramón Jiménez escribía sobre su burrito y yo lo hago sobre ti que también eres pequeño, peludo y suave. Te confieso que no soy poeta, pero no por eso vas a quedarte sin que cuente tus historias.

Cuando el calor apretaba, la abuela nos refrescaba con la manguera de regar. ¡Qué gritos! ¡Qué risas! Palmeras de agua… y más risas y saltos… ¡Qué esencia tan penetrante desprendían los geranios al mojarse! Luego nos daba la merienda: toña con chocolate y uvas y una horchata o granizado de limón. ¡Delicioso! Nos lo terminábamos enseguida, que nada abre más el apetito que jugar al aire libre.

Después seguíamos saltando o cuidando muñecas o peleándonos hasta que nos dejaban salir a la calle con los demás niños. Recuerdo muy bien ese momento; el cielo era intensamente azul, volaban muchas golondrinas y aviones y vencejos. Los veíamos entrar y salir de sus nidos bajo los aleros de los tejados. A esa hora, se regaban los jardines y como todos tenían rosales en flor la tarde se llenaba de un perfume de rosas que nunca he podido olvidar.

Al atardecer, llegaba el abuelo cargado con cajas de ciruelas y melocotones acabados de recoger. Estaban en su punto, aromáticos; a cada bocado, dulces y jugosos. 

A la hora de acostarnos, estábamos exhaustas pero ninguna quería irse a dormir. Entonces la abuela nos contaba cuentos de esos que no están en ningún libro: Las bodas del cielo, Los gigantes negros, Las tres perdices… Se estaba tan bien en el patio…, las tórtolas arrullaban, olía a jazmín, se veía un trocito de cielo lleno de estrellas, por fin, refrescaba y los ojos se nos cerraban soñando con reyes, piratas y zorros.

¿Sabes qué es lo que más echo de menos de aquella época, Inuki? No es la juventud, sino la pérdida de la autenticidad; los helados sabían riquísimos porque eran artesanos, la fruta era sabrosa y fragante y los rosales desprendían perfume de rosa, como debe ser.

Inuki, no persigas a las tórtolas que es de lo poco que sigue siendo auténtico.


La tarde se llenaba de un perfume de rosas que nunca he podido olvidar...