viernes, 16 de enero de 2015

El perro de la curva



 

¡Hace tanto frío! En esta Soria glacial con inviernos de seis meses, es una osadía salir a pasear en enero. A la diez de la mañana, el ambiente todavía es gélido, casi más que al amanecer; estimo unos diez grados bajo cero. Claro que si pienso en los menos veintidós de hace un par de años, lo de hoy es para tener calor. 

En el cielo, densas nubes de acero impiden el paso de los rayos de sol. Hielos de acero. Nadie sale a la calle, salvo Inuki y yo. Al principio, andamos los dos ateridos de frío, encogidos, bajamos la cuesta a paso ligero para ponernos a tono. Llegamos al cercado de los patos y pienso en los gansos que vuelan sobre la cordillera del Himalaya y me pregunto cómo soportan tanta altitud y tan poca temperatura. ¡Su tecnología aeronáutica es genial!

Seguimos hasta el terraplén que da a la carretera, allí siempre nos paramos un rato. A Inuki le gusta correr sobre la poca hierba que queda, luego se sienta durante unos instantes a ver quién pasa por la nacional. Pobre Inuki, entre que Soria se está despoblando y que hace tanto frío, hoy verás pocos coches; y los contados vehículos que circulen tampoco verán muchas personas. No obstante, los escasos viajantes que hacen esta ruta con frecuencia descienden por esas curvas y ven, en lo la alto de la ladera, la silueta de un lobo que observa atento.

Hacer cada día el mismo trayecto debe de aburrir, sobre todo, si no se ve a nadie; da la sensación de que, como en las películas de desastres, ha desaparecido toda la humanidad y uno se ha quedado solo sobre la faz de la tierra. ¡Qué soledad! Todavía peor; ¡qué fría soledad!

Quién, de pronto, ve a Inuki en la distancia no puede saber si es un lobo o un perro. Inuki tiene tanto de lobo… El viajero siente los ojos de la fiera acechando y experimenta sentimientos encontrados; por una parte el miedo ancestral al depredador, y por otra, se alegra de ver a alguien con vida.



Al pasar por nuestro lado, se dará cuenta de que lo acompaña una mujer y llegará a la conclusión de que se trata de un can. Entonces volverá a tener emociones contradictorias;  para su tranquilidad, no era un lobo; pero, disipada la duda, el encuentro de mañana ya no tendrá la misma intensidad.

De todos modos, cada día recorre su solitario camino y espera llegar a aquí para ver al perro y a la chica de la curva, porque el viajero sabe que, haga el frío que haga, lo único seguro, lo único con lo que siempre puede contar es: este frío, la soledad y el perro y la mujer de la curva. Y probablemente murmurará: “Hay que tener ganas de pasear al perro…”  Sin embargo, se alegra de vernos y nos saluda desde la cabina templada de su furgoneta. Yo no sé quién es, pero también le digo adiós con la mano, Inuki le dedica dos ladridos. 

Cuando a este transportista le pregunten si alguna vez se le ha aparecido el fantasma de la chica de la curva, responderá que sí.
—Sí, sí. Se me ha aparecido la chica y el perro. ¡Todo!
El pobre hombre discurrirá que solo los espíritus, hijos de la fría muerte, salen a dar una vuelta y aguantan impasibles estas ventiscas heladas y hasta parece que disfrutan. 

— ¿Te diviertes, Inuki?

El perro siberiano, que se encuentra en su elemento, retoza entre las hierbas escarchadas, viene corriendo hacia mí, se sacude el pelaje y millones de estrellitas de hielo salen disparadas y relucen un instante antes de desaparecer. Es un frío bonito. 

—Sí que disfrutamos, sí.