viernes, 22 de mayo de 2015

¡Nos gustaría tanto estar allí!





Es comprensible que Estela se quede distraída mirando por la ventana porque, además de ver lo que hay, ella adivina, imagina, sueña... lo que no se ve.  ¿Cómo vamos a enfadarnos si a todos nos pasa lo mismo?

Al otro lado del cristal, la llamada de una naturaleza espléndida despierta un anhelo tan poderoso que contenerlo duele como la añoranza, como la pena.

¡Nos gustaría tanto estar allí...!

Aunque el cristal es la frontera no puede retener en esta prisión ni la mirada, ni los deseos, ni las ansias de volar; así que nuestro pensamiento se escapa y cruza la carretera.  



Pero, ¡ah!, la carretera no es tal, esta carretera es la Cañada Real Soriana, un privilegio de paso. Y no sé quién es más privilegiado, si el ganado o nosotros que, encantados de cederle el paso, disfrutamos viendo desfilar a los rebaños de ovejas, a las vacas con sus terneros y al “torete” que siempre pasa el último con mucha cachaza. Nos asomamos a siglos pasados al imaginar las bulliciosas despedidas de los pastores trashumantes con sus grandes rebaños de merinas y churras camino de Extremadura. Es la “Soria pura cabeza de estremadura”*.    



Las vistas desde la ventana empiezan en el saúco que ribetea la Cañada Real; en invierno, desnudo de hojas y vestido de jilgueros que se posan a tomar los primeros rayos de sol; en primavera, cuajado de flores blancas; en verano, animado por la algarabía de los pájaros que desaparecen entre el follaje para volver a salir al instante. Apuesto a que hay nidos y pollitos. En septiembre, aterrizan bandadas de aves para celebrar el inicio de las migraciones otoñales con un festín de bayas rojas y negras.




Detrás del seto hay un campo, un simple campo que, sin nada llamativo, no atrae el interés. Tierra blanca de escarcha al amanecer, solo tierra, hasta que un día el delineante llega con su tractor y dibuja multitud de paralelas. El tiempo transcurre, germina el trigo y el llano se cubre de verde, las espigas crecen y maduran; mecidas por la brisa, parecen un mar con sus olas doradas y esmeralda y sus peces de amapola jugando a saltarlas. Bajo el mar, corretean las codornices, anidan los aguiluchos cenizos, se camuflan los corcinos... y seguro que muchos más.




En el terreno contiguo, un cartero jubilado se entretiene plantando pinos, y al hacerlo, ha resurgido la vida. Las ardillas saltan entre las ramas buscando piñas, vigiladas de cerca por urracas y pájaros carpinteros, pues todo lo que tienen de simpáticas lo tienen de ladronas y desvergonzadas.  A ras de suelo, los gatos, Pantera y Kitt acechan lagartos, topillos o ratones camperos. Si hay suerte, al amanecer, sorprendemos a los corzos comiendo o retozando a brincos entre los pinos. Con más fortuna todavía, al caer la tarde, quizás observaremos el primer vuelo de los pollitos de urraca desde el nido hasta la valla donde sus padres les imparten lecciones de aeronáutica. Cinco pollitos en sendos postes, ¡tan bien alineados!, ¡tan atentos!; la maestra que hay en Estela los aprueba encantada. 
  



Un arroyuelo discurre bordeado de matorrales y de chopos. Choperas que, en primavera, cambian el abrigo de nieve por seda verde y, en otoño, se despiden de sus hojas en un estallido de colores incomparable. El agua refleja sus matices en un intento de llevárselos río abajo y como no puede se va murmurando burbujas. El pájaro pica pinos se burla de ella desde su nido en el tronco del chopo: “Toc, toc, toc...” ¿A quién más dará cobijo la vaguada del riachuelo Herrerías? Imagino que, por lo menos, al ave del mismo oficio: el herrerillo. Es posible que algún zorro tenga cerca su madriguera y el jabalí una ruta de paseo.




Subiendo la colina, hay unos cuantos robles centenarios o milenarios (no lo sé) con sus gruesas ramas recubiertas de musgo y sus poderosas raíces ancladas al suelo. Me admira que vivan muchísimo más que nosotros y me entristece que seamos capaces de destruir un gran proyecto de vida con tanta facilidad y tan pocos remordimientos. Siempre que veo un árbol longevo me pregunto cuántos acontecimientos habrá presenciado, cuántas vidas se habrán sentado a su sombra y se habrán ido mientras él permanece. Las cornejas tienen su nido entre las ramas de la historia y los lirones, su escondite y, en tan inmenso roble, ¿quién sabe cuántos más?




Existe un lugar por el que suspirar... Es el lugar preferido por el sol, el primero que ilumina con la suave luz de la aurora y el último que abandona en un encendido adiós al atardecer. Cuando nuestros pisos están a la sombra, ¡cuánto nos gustaría estar en lo alto de la colina...! allí donde las majadillas y los prados relucen bañados de sol, allí donde la emoción de las vistas detiene el corazón, donde pinares infinitos se extienden hasta las nieves de los picos de Urbión, donde el embalse es un lago azul rodeado de playas, rocas y pinos.




¿De dónde soplará hoy la brisa? Si llega del sur, a través del sabinar de Calatañazor, traerá el aroma cálido de las sabinas, del tomillo y la lavanda. Mientras que si viene del norte, acariciando el bosque, elevará el perfume del pino negral y de la jara. Pasa una cigüeña. Le preguntaría de dónde sopla hoy la brisa, pero como no nos entendemos solo la acompaño en su vuelo hasta la charca de las ranas.




Los milanos planean sobre la campiña y, luego, se adentran en el bosque. ¿Adónde irán? El bosque soriano sí que es misterioso: pino albar en compañía de pino negral y roble. Tan altos y numerosos que no dejan ver el cielo ni las referencias del horizonte para orientarse. Umbría y soledad. Ni una persona, ni una voz. En todo caso, animales salvajes y sonidos desconocidos. Peñascos y riachuelos y pinos y robles y más pinos en una extensión inacabable. Una naturaleza en la que perderse voluntariamente, perderse del mundo para encontrarse con los caballos, los corzos, el gato salvaje, el búho, la garduña, el lobo... y mirarles a los ojos y saber que nos respetaremos como iguales.




Todavía queda el cielo, el impresionante cielo de Castilla, más alto y transparente que ninguno. Si existieran cielos de un piso, de dos pisos..., este sería un cielo de diez pisos, cada uno con su azul distinto en intensidad. Las nubes también constituyen un espectáculo: una nubecita se asoma a los picos de Urbión, con el tiempo se reúnen más; sin embargo, la montaña no les permite el paso, entonces ellas se hinchan de enfado y, al final, se amotinan y saltan. A veces, salen corriendo como platillos volantes y otras permanecen sobre nosotros cada vez más voluminosas y blancas. Casi apetece alzar la mano y probar con el dedo por si fueran de nata. Tan espesas y grandiosas son que no me extrañaría nada ver salir angelitos o al mismísimo Zeus con sus rayos. El sol las decora en tonos anaranjados y rosa,  luego se esconde a toda prisa antes de que le sorprendan haciendo travesuras.  

  



Campos y bosques se nos ofrecen llenos de misterios, de animales, de actividad casi siempre oculta a nuestros ojos. A mi lado, mi marido está sin estar, en sus ojos veo reflejado el pinar; él también está ausente, también adivina, imagina, sueña...

Y es que, al otro lado del cristal, la llamada de la naturaleza despierta un anhelo tan poderoso que contenerlo duele como la añoranza, como la pena. ¡A todos nos gustaría estar allí!


(*) “Soria pura cabeza de estremadura” es el lema que figura en el escudo de la Diputación de Soria. Durante la Reconquista, Soria era el extremo lejano y de clima duro de Castilla; Soria era extrema-y-dura.