sábado, 13 de junio de 2015

Huertos de Soria - Primavera




Una mañanita de primavera acompañaba a Estela hasta el colegio, como muchos días Julián estaba a la puerta de su casa, nos saludamos y como otras veces hablamos sobre pactos de gatos; todo era como siempre y nada hacía presagiar que en un instante saltaría una chispa que cambiaría nuestras vidas.
—Buenos días, Julián.
—Buena mañana y buena helada. Oye, Estela, tus gatos se beben el agua de mis gallinas –le recrimina con voz lastimera.
—Es posible, pero compréndelo; el agua se congela y no tienen donde beber, por eso van a buscar el agua calentita. No es que quieran molestar.
—Sí, sí, pues ven, tú, a traer agua a tus gatos. Mira, esto no entraba en el pacto.
—Julián, tampoco te vas a morir por eso.
—No sé, tú siempre me lías y los pactos que hago contigo nunca me favorecen. Al menos, ¿comes verduras y legumbres tal y como acordamos en el Pacto del Garbanzo?
—Más o menos. Hoy tenemos lentejas –intervine yo—. A mí, me gustan en ensalada con apio, lo malo es que no encuentro apio. ¿Sabes que te digo? que necesito un huerto —pensé en voz alta.
— ¿Un huerto? Yo tengo varios; si quieres, te presto uno.

A veces, las cosas suceden por casualidad. Por casualidad expresé un deseo en voz alta y Julián me lo concedió, como si fuera el genio de una lámpara mágica.




Ya tenemos huerto. ¿Por dónde empezamos? ¿Seremos capaces de sacarlo adelante sin experiencia? El terreno, que llevaba treinta años sin cultivar, parecía una selva llena de espinos, saúcos, rosales silvestres y malas hierbas. Aunque, ¿quién le hace ascos a un huerto prestado? Eso no es nada, vamos el sábado y cortamos lo que haga falta.

El sábado llovió y el domingo y toda la semana y el sábado siguiente y casi todo el mes. Y cuando no llovía, estaba tan encharcado que no se podía entrar. Dos meses de espera hasta que pudimos desbrozar. Fuimos al huerto muy decididos.

Al llegar, Julián descargó de la furgoneta: una sierra eléctrica, un podón, la guadaña... Estela observaba sorprendida el despliegue de fuerza de nuestro vecino y su actividad frenética serrando espinos.
—Julián, vas armado hasta los dientes, cualquiera te hace la contra... Tú das miedo; cuando coges la guadaña, pareces la Muerte y si te pones a cortar con la sierra eléctrica, veo a un loco de esos de las películas destrozando todo lo que se le pone por delante.
—Ja, ja, ja –resonaron las carcajadas de Julián.
Tres tardes de corta furiosa. ¿Resultado? Huerto limpio.  ¿Qué más hay que hacer? Pues será necesario cavar la tierra para oxigenarla. Vale. Otra vez arremangados y a cavar. 

Y ahora, ¿qué? Es hora de sembrar. Ah, muy bien. ¿Qué vamos a cultivar? A ver: hay que tener en cuenta el clima, la textura del suelo y su acidez, la insolación, los vientos dominantes, la distancia entre las matas, la compatibilidad entre las hortalizas... ¡Casi nada! Oyéndonos hablar en estos términos alguien pensará que sabemos mucho. Mentira.
—Nosotros es que somos hortelanos “estudiaos” —presume mi marido.
— ¡Ah! tenéis estudios de agronomía.
—Sí, mi mujer lee todo lo que cae en sus manos y lo estudia atentamente. Ha sacado un plano del huerto en el ordenador y ha diseñado una tabla para calcular las matas por superficie. Lo que te digo: hortelanos “estudiaos” —Ya no puede más y estalla en risas—. Menos mal que las plantas saben lo que tienen que hacer y crecen solas, porque si fuera por lo que nosotros sabemos... ¡pobrecitas! 




 Lo siguiente era comprar en el mercado de Soria. Muy decidida saco mi lista y pido.
—Quiero quince tomateras, diez acelgas, cinco apios, un manojo de cebollas...
— ¿Cebollas de verano o de invierno?
—Ah, pues no sé, es mi primera vez. Las que se planten ahora.
Los abueletes que esperan en la cola se ríen a hurtadillas, piensan que soy una pija metida a hortelana y se tronchan imaginándome con la azada. Yo igual me pongo unos tacones y un vestidito que quite el sentido, que me calzo unas botas y cavo como un tío, así que no me preocupa lo que piensen. De hecho, lo comprendo.
—Usted, ríase, ríase, pero ya verá como esta pija recoge algo.
—No, no señora. Si yo no digo nada.
—Caballero, usted no lo dice ni falta que hace. Si lleva razón, podría ser que este primer año plante las zanahorias a destiempo o que esté esperando a que la tomatera me dé coles, pero al año siguiente seguro que no y, al final, verá como aprendo.
Todos nos reímos; porque, aunque conocimientos no tenemos, buen humor no nos falta. 

En horticultura también se cumple la Ley de Murphy. Esa que dice que si se cae la tostada, seguro que cae con la mermelada hacia abajo y que si algo va mal, todavía es susceptible de ir a peor. Trasladado al campo, sería que si no tiene que llover porque quieres plantar, entonces seguro que jarrea. Y llovió, además, generosamente. ¿Qué hacemos? Pues plantar porque si las trasplantamos, quizás alguna viva, mientras que si las dejamos en casa, morirán todas.




Otra vez: “y ahora, ¿qué?” Siempre preguntando. ¡Qué remedio! Pues ahora a esperar, a rezar y a vigilar el cielo.  Desde que entré a formar parte del Club de las Marujas, que me intereso vivamente por la climatología; ahora no solo tengo que preocuparme por si la lluvia me moja la ropa, que eso tiene fácil arreglo; lo malo es que los hielos nos maten media cosecha. 

Primera lección: No se puede ir contra la naturaleza. Pretender imponerle algo es perder el tiempo, el dinero y la paciencia. Se debe plantar lo adecuado a cada climatología o recrear las condiciones necesarias en un invernadero. Unas heladas igual de tardías que de inmisericordes nos congelaron las judías, los pimientos y algunas tomateras que no estaban bajo campana.  

“Bajo campana”. Dicho así queda tan sofisticado... que me entra risa. Las campanas son de última tecnología, recomendadas por nuestro asesor.
— ¿Qué haces, Julián? ¿Ya estás liado en el huerto?
—Sí. Estoy entutorando las judías. Entra. Fíjate y lo que te interese te lo copias –dice Julián.
—Pues si te copias, te va a cobrar derechos de autor como la SGAE esa —interviene Estela.
— ¡Anda, qué idea! –exclama Julián—. A ver si te copias este remedio, Estela. Coges una botella, le cortas la base y la colocas sobre la planta para protegerla del hielo.
— ¡Muy ingenioso y muy barato! ¿Ves? ya tenemos tomateras bajo campana, como en los huertos finolis.

Nos vamos para el huerto dando un paseo y tan contentos, vestidos con el mono de faena, las azadas al hombro, nuestra pala y las campanas. Los abejareños nos ven pasar con una mezcla de curiosidad y de malicia.
— ¡Qué malas herramientas llevas... —exclama uno—. Son para un trabajo muy duro.
—Este clima es malo para los huertos —advierte otro.
También hay quien nos aconseja o nos ofrece ayuda; aunque, desde luego, todos se sorprenden.
— Me dijeron que un matrimonio de fuera había estado limpiando un huerto que linda con mi parcela, pero no caía en la cuenta de quiénes podían ser —comenta Félix.
—Sí, hemos sido nosotros: los locos de Alicante.
Félix se extraña menos que otros vecinos; porque suele encontrarnos contemplando sus vacas  o paseando con un frío extremo, y en ocasiones, le preguntamos sobre las cosechas; por lo tanto, él ya sabía que nos gusta el campo.