viernes, 19 de junio de 2015

Un gran día




Hoy es un día especial, no solo porque empieza el verano sino porque Julián nos llevará a ver nidales. Al salir a la calle, comprobamos que el verano ha cumplido sus promesas de sol, cielo azul y golondrinas y, también, Julián que nos espera a la puerta de su huerto.   

Sobre pájaros, sabe lo que no está escrito en los libros, no en vano ha pasado varias primaveras colocando nidales y censando pollitos. En seis años ha tenido tiempo de anillar unos pocos: ¡26.000!

Una vez en el pinar, nos explica que conviene emplazar los nidos en la horquilla de una rama para que el aire no los tire y orientarlos al Sudeste. Equipado con una pértiga alcanza la primera caja, pero no hay pájaros, hay sorpresa. Una sorpresa peluda y con cola que a Estela le encanta: una ardillita se aleja saltando de rama en rama. Julián nos cuenta que, a veces, las ardillas ocupan los nidos. También el pájaro carpintero agranda las entradas o las rompe por detrás para robar los pollitos.




Seguimos adelante.
—Estela, tú que tienes buena vista, a ver si encuentras otro nidal —pide Julián.
—No te creas, con tantos pinos... pasas de largo y no te enteras —confiesa ella—. ¡Allí está!
Descuelga la caja amarilla, quita el frontal y, aunque todos sabíamos que íbamos a ver pollitos, lo cierto es que resulta muy emocionante abrir el nido y encontrar a dos.
— ¡Mira, qué bonitos! —susurra Estela con los ojos brillantes de alegría.
Todos nos agolpamos para observarlos mejor. El nido está primorosamente confeccionado con musgo y en el hueco central se acurrucan dos crías de herrerillo capuchino.
Julián anima a Estela a tocarlos.
— ¿De verdad puedo tocarlos? —pregunta incrédula—. ¡Qué calentitos! ¡Qué suaves!




Pensaba que saldrían volando pero no. A pesar de estar ya emplumados, todavía no vuelan. Nuestro experto en aves nos habla de los plazos: aproximadamente unos cinco días para poner, otros quince para incubar, quince alimentándolos en el nido y otros quince ya en el exterior. Si la temporada es buena, algunas especies pueden sacar adelante dos nidadas.

Tras colgar otra vez el nido en el mismo sitio y la misma posición, vamos en busca de los demás. Julián ve y oye lo que nosotros ni siquiera sospechamos.
— ¿Habéis oído? Es un mosquitero musical.
¡Qué suerte saber identificar las aves por su canto!
—Fijaos, un agateador —dice mientras señala un pajarito diminuto— trepa desde la base del tronco hasta arriba en busca de insectos. Se diferencia del trepador azul en que este puede subir y bajar por el tronco mientras que el agateador nunca va boca abajo.
—Claro, no querrá que le suba la sangre a la cabeza —deduce Estela.

—Mirad, un pico picapinos rompió este nido y tuve que poner una entrada de plástico para que resbalen los picotazos, aun así lo ha intentado porque aquí se ven las marcas.
— ¡Vaya pajarraco gamberro! —exclama Estela conmocionada ante el hecho de que un pájaro se coma los pollitos de otros.
El nido ha sido abandonado y en el interior se aprecia todo el material revuelto. Una lástima. En cambio en el siguiente encontramos varios huevos.
—Son azules... ¡qué originales! Los de gallinas son más sosos. ¿Cuántos hay? Uno, dos, tres, cuatro y cinco. ¡Hala, qué bien!
—Cinco es lo normal —aclara Julián.




 Todos estamos encantados pero Estela es la que más disfruta. Va detrás de Julián a zancadas intentando localizar los nidos, le recoge la pértiga, le ayuda a descolgar los nidales, mete la nariz en la caja...
—A ver, ¿qué tendremos aquí? —le pregunta Julián.
—Sí, vamos a ver —contesta la otra dispuesta—. ¡Anda, más pollitos! Pero estos son un poco raros, ¿no? Parecen marcianos.
—Es porque solo tienen cinco días —Calcula Julián.
— ¡Ah! ya decía yo. Me gustan más con plumas, desnudos están un poco feos.



Caminamos otro trecho hasta el próximo que está muy alto y tenemos que alargar la pértiga. Lo descuelga y sonríe.
— Estela, mira por el agujerito a ver qué hay.
— Está oscuro, creo que no hay nada.
Al abrir el nido, la cara de Estela se ilumina, la “nada” se ha convertido en cinco pollitos más un huevo azul. Estela está tan entusiasmada que corre peligro de salir volando de pura alegría. Julián los coge y se los pasa con cuidado, ella junta las palmas de la mano como si fueran un nido y los contempla maravillada.

Un día inolvidable para nosotros. Nunca pensamos que tendríamos ocasión de ver el interior un nido, menos todavía, tantos y con información tan veraz. Gracias, Julián.




Nunca se deben de tocar los nidos de las aves. Nosotros pudimos observarlos gracias a la invitación de Julián (autorizado especialmente por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León)