viernes, 24 de julio de 2015

La espía y la víbora



 

Es verano a la hora de la siesta, estamos tan relajados viendo un documental sobre el mar Caribe que casi dormitamos, en cambio, hay alguien que no piensa en descansar: Estela. Ya sabemos que la siesta no entra nunca en sus planes; sin embargo, hoy ha venido a preguntarme algo inusual a estas horas.
— ¿Puedo cambiarme de ropa? Es que no puedo jugar con este vestido, lo voy arrastrando cada vez que me agacho —expone segura de que su argumento me convencerá.
Y, desde luego, me convence –Vale. 

La oigo revolver los cajones porque ni adormilada bajo la guardia. Me pregunto qué estará tramando. Hasta aquí llegan sonidos amortiguados, aunque no imagino en qué anda. De pronto, aparece peinada, viste una minifalda, lleva un bolso muy elegante y una pelota que pasea atada con un cordoncito.
— ¿Podéis quedaros con Zarza, mi perra? –pregunta en un susurro.
— ¿Por qué? ¿Dónde vas?
—Es que voy de incógnito –Mira a un lado y al otro para asegurarse de que nadie la oye y luego nos confiesa en un susurro—: Soy espía. No me la puedo llevar porque no está entrenada; se va con cualquiera que la llame y come todo lo que dan. ¡Un desastre!
—No te preocupes, puedes dejarla con nosotros.




Cojo a Zarza y la guardo debajo de una mesa mientras Estela sale al pasillo. Escondida detrás de una puerta saca el móvil de su bolso y llama a un compañero.
—Sí, sí. Estoy en posición. Claro. Siempre llevo el colgante de estrella. No, el que tiene la cámara secreta para filmar. Voy a entrar. Adiós.
Se desliza sigilosamente por el pasillo y entra en una habitación en penumbra. 

Finalizada la misión, vuelve para recoger a Zarza y desaparece otra vez. Ella se dedica a sus investigaciones y yo a hornear una tarta. De pronto, me sobresaltan los ladridos de Zarza.
—Guau, guau, guau. Grrr. Guau. Grrr.
—Muy bien. Tú, arma follón —le ordena a Zarza.
— ¿Qué pasa, Estela? ¿A qué viene tanto escándalo?
—Calla, es Zarza. Está ladrando y gruñendo para despistar, y mientras, yo me cuelo en el despacho del sospechoso a buscar pruebas —aclara en voz baja.
—Oye. Tienes que merendar.
—Bueno. Ya sé que me vas a decir que no, pero por si acaso... ¿me puedes poner un café en un vaso para llevar? Es lo que toman los policías —aclara.
—Te pongo un milímetro de café y te llevas, también, un yogurt que es lo que toman las agentes de policía.
—No digas mentiras; los policías comen Donuts y salchichas, que yo les he visto muchas veces, por eso tienen tanta barriga.
—Yo he dicho las agentes de policía, no los agentes.
— ¡Ah!, pues también es verdad. 
Se queda un momento callada como si madurara una idea.
—Tengo un plan. Como Zarza se ha comido las salchichas, mandaré al sospechoso a comprar otra merienda. A ver si puedo seguir registrando su despacho.

Ella sale de puntillas en dirección a su despacho secreto mientras yo sigo con mis tareas; sin embargo, no han transcurrido ni diez minutos y...
— ¿Qué haces, Estela? ¿Dónde vas con eso? –exclama su padre.
Entro en el salón y allí está la espía con unos guantes de látex y algo desconocido colgando de un palito.
—Tranquilo, papá. Le estoy haciendo la autopsia a la víbora que hemos encontrado muerta esta mañana en el campo y esto es lo que tenía dentro. No te preocupes que no es sangre de verdad, es rotulador rojo. Venid, ya veréis todo lo que se había tragado.
La seguimos a su habitación-laboratorio secreto y nos encontramos: un microscopio, papeles y una bandeja llena de objetos metidos en bolsas.




 —Fíjate, se había comido dos canicas, un abejaruco y un ratón, aunque nada de esto la mató. Creo que murió intoxicada por pesticidas, por eso quiero analizar esta muestra de tejido –explica mientras levanta el papel ensangrentado que ha alarmado a su padre—. También quiero extraer su veneno para fabricar antídotos.
— Tú, sigue investigando y ya nos contarás –la animamos y salimos del laboratorio riéndonos con sus ocurrencias.

A última hora de la noche, le pregunto si ya ha descubierto al asesino.
—No, todavía tengo que seguir investigando. Es que si lo descubro enseguida, se me acaba el juego demasiado pronto y yo quiero seguir jugando unos cuantos días más.

Lo siento, no puedo escribir el final, sólo puedo decir como en las series: 

Continuará...


Por desgracia, alguien mató de verdad la víbora que inspiró el juego de Estela.


 
Estela juega con su serpiente, inspecciona las plumas con el microscopio y embolsa el ratón y las canicas para llevarlas al laboratorio.