jueves, 6 de agosto de 2015

Con "S" de Soria, con "S" de Safari



 


Un grito en el cielo azul anuncia que ha llegado el verano; el vencejo, que vuela alto y raudo, nos  ha traído la estación más lúdica y sensual. Es maravilloso quitarse el reloj y no tener hora para nada; me despierto cuando he dormido lo suficiente, abrazo a mi marido y me quedo un rato más en la cama, luego desayunamos con calma mientras planeamos el día. 

Aunque el calor nunca es sofocante en Abejar, y nos permite pasear casi a cualquier hora, apetece mucho salir por la noche. En otros lugares íbamos a cenar, a un concierto, a la playa... Como el mar nos queda tan lejos, hemos encontrado otras alternativas: subimos al sabinar a contemplar las puestas de sol o, como no hay contaminación lumínica, observamos las estrellas y nos entretenemos identificando constelaciones y descubriendo estrellas fugaces.




¿Qué más podemos hacer en un pueblo de Soria tan alejados del mundanal ruido? Pues organizamos safaris nocturnos. Echamos a andar mientras empieza a declinar el sol, y a medida que nos adentramos en el campo, caminamos más despacio y nos comunicamos solo por señas.   

Atención: en el trigal del fondo una corza y dos corcinos comen despreocupados. De repente, los corcitos empiezan a correr; creíamos que los habíamos asustado, pero como se persiguen uno al otro dando brincos, es que juegan al pillapilla.




Seguimos adelante, Estela va en cabeza más sigilosa que un gato. Se asoma a un herbazal y nos señala algo. Yo miro con los prismáticos y confirmo que es un animal. Está durmiendo en mitad del prado. Me parece un corzo pequeño –les susurro. Sin embargo, el animalito, que me ha oído, levanta la cabeza, se incorpora con parsimonia y nos mira y nosotros a él sin atrevernos ni a respirar. ¡Es una preciosidad de zorro! No parece asustado, aunque tampoco va a quedarse a charlar y desaparece en la espesura del seto. Estamos contentísimos, porque nunca habíamos estado a diez metros de uno. 



Continuamos, y al girar la senda, Estela vuelve a detenerse y nos indica que hay alguien. Precisamente de nuestro huerto ha salido una jabalina con sus rayones. ¡Pues vaya, sí que está frecuentado nuestro huerto! Espero que no se hayan comido las lechugas. Echamos una ojeada y no hay ningún destrozo. Mejor. Solo estarían de paso.

Al final de la vereda se extiende un prado con grandes setos y sabemos que bajo ellos se cobijan muchos animales, así que nos escondemos en una hondonada con la esperanza de ver alguno. Estela considera que somos espías. Va anocheciendo, y aunque confiábamos en la claridad de la luna llena, lo cierto es que está oscuro porque el calor ha preparado unas nubecitas muy negras. Ya veremos...

¡Algo se mueve! Es otro zorro quizás más pequeño que el anterior. Merodea por todo el prado buscando topillos; se para, olisquea, sigue, se vuelve a parar, da un salto y atrapa un ratón, se mete bajo del seto, al cabo de un rato sale y sigue su ruta. No nos ha visto. 




Más tarde, se deja ver un macho de corzo, pero enseguida desaparece. En cambio se le oye berrear.
— ¿Qué es eso? –pregunta Estela sobresaltada—. Parecen rugidos de seres demoníacos
—Es la época de celo y están marcando el territorio y peleando por las hembras.

Permanecemos agazapados detrás de los arbustos, sin embargo, ya no pasa nadie. Estela se aburre y decide investigar por el huerto. Se va. Transcurre un rato, la noche casi le ha ganado la partida al día y Estela no vuelve. No me fío con tanto bicho suelto y, cuando ya me iba a por ella, aparece resoplando.
— ¡Uf, qué miedo he pasado!
— ¿Por qué? ¿Te has encontrado con alguien?
—Sí. He visto pasar unos corzos cerca del huerto. Iba andando muy despacito por si había alguno más y, de repente, detrás de mí alguien ha gritado: «Churrubí». He pegado un salto que ni te imaginas. ¡Qué susto! Me he girado y encima de un poste he visto al petirrojo, entonces, me ha vuelto a piar.


Imagen cortesía de James Barker en FreeDigitalPhotos.net

— ¡Qué risa! ¿Te asustas del petirrojo?
—Calla, hombre. ¿No ves que en la oscuridad todo parece muy misterioso? Además yo iba imaginándome cosas raras. Si lo hubiera visto, no me habría asustado, pero el muy maligno se ha posado detrás de mí y me ha piado a la oreja.
— Ja, ja, ja. ¿Un ser maligno, el pobrecito petirrojo? Es nuestra mascota del huerto.
—A mí, hoy, me ha parecido muy borde. Me ha sobresaltado tanto que casi le doy un palitrocazo.
— ¡Pobre pajarito! Él sí que se habrá asustado. —Sin dejar de reírnos le preguntamos— ¿Por qué no has vuelto aquí?
—Se oía ladrar a los perros y he pensado que habría alguien allí. He visto al primer zorro que hemos encontrado. Estaría sacándoles la lengua y diciendo: «Ladrad, ladrad, si no podéis salir...»




 El cielo se ha iluminado. Un rayo ha rajado todo el horizonte y, aunque está lejos todavía, se acerca una tormenta. No tenemos más remedio que regresar de inmediato porque vamos a pie, es noche cerrada y solo disponemos de la luz de la linterna. 

Al llegar a los trigales resuena la berrea de los corzos.
—Te digo que son seres del inframundo —opina Estela—. No me digas que eso es normal.
—Tienes la imaginación muy desbocada, guapa, demasiadas películas de miedo.

Aceleramos el paso y vamos comentando todo lo que hemos visto. Lo que más nos ha gustado a los tres: ver al zorrito durmiendo tan feliz en mitad del prado y que se despertada, nos mirara y no huyera asustado. Siguen cayendo rayos sobre el sabinar. Llegamos a casa con las cuatro eses: sanos, salvos, secos y satisfechos. 

Como decía aquella canción de verano: “Vaya, vaya, aquí no hay playa...”, pero nos inventamos un safari nocturno y nos lo pasamos la mar de bien.