sábado, 1 de agosto de 2015

Inuki contra el veneno de la víbora

El veneno va hinchando la boca y el cuello



Inuki se apaga, está en las horas más críticas, el veneno va extendiéndose, la boca se le ha quedado deformada y violácea, el cuello también va hinchándose. Se ha dejado caer en mitad del pasillo que es la zona más fresca y no quiere moverse. Lo dejo tranquilo. 

Me tumbo a su lado, le cojo una pata y le hago compañía durante toda la noche. Sé por experiencia con mis hijos que el cariño de mamá cura más que algunos medicamentos. Y si, por desgracia, va a morir, no quiero que muera solo. A ratos abre los ojos y me mira, extrañado de que ande tirada por el suelo, pero agradecido; le sonrío mientras lo acaricio hasta que vuelve a dormirse. Kírara también se pasa la noche haciendo de centinela vigilando a su perro.

Estoy contenta porque ha pasado bien la noche y tengo la esperanza de que se salvará. Me voy a la cocina a desayunar algo pues estoy agotada. Al poco entra Kírara y empieza a restregarse contra mí, no me deja en paz, es como si quisiera llamar mi atención. El corazón me da un vuelco y salgo al pasillo, allí está Inuki vomitando sangre, se tumba, cierra los ojos y entra en convulsiones.

El alma se me estremece, creía que estaba mejor, sin embargo, debe de tener derrames internos.

Inmediatamente lo llevamos a la clínica La Dehesa, allí el equipo de veterinarios ya nos está esperando y deciden ingresarlo para tratarlo y vigilarlo de continuo. Nos da pena dejarlo solo porque no sabemos si él lo entenderá. Y, sobre todo, por si no volvemos a verlo con vida.

María, Chema, José, Alejandra, las auxiliares (estaba tan agobiada que no me fijado en sus nombres), todos se están volcando para salvarlo. Muchas gracias.


Unos meses antes, en la consulta de su veterinario