lunes, 24 de agosto de 2015

Japón no está tan lejos




Cuando yo era pequeña, si alguien chutaba un balón muy fuerte, decíamos que lo había mandado a “la China”. China nos parecía lo más lejano; porque Japón ni sabíamos que existía. Luego estudiamos geografía y aprendimos que allá, a la otra punta, había un archipiélago llamado Japón, pero el idioma, la cultura o su historia siguieron sin tener relevancia para mí. 

Por sorprendente que parezca, desde hace unos meses, Japón está aquí al lado. Al decir: “aquí al lado” no me refiero a que Internet o la televisión nos acerquen a otras naciones, me refiero a mi casa, en concreto, a las habitaciones de mis hijos.

Desde los dominios de Estela llega el sonido de un rotulador escribiendo a toda marcha sobre la pizarra. ¿Qué hará, si está de vacaciones? Entro y la encuentro sentada en su escritorio, con el pelo recogido con dos palillos al estilo oriental, está enfrascada en un libro y tomando notas. Ha llenado la pizarra de signos cuidadosamente trazados con sus traducciones. Es japonés.

Levanta la cabeza y me saluda.
- Ohayô, okaasan.
- Hola, ¿qué haces?
- Estudiar japonés.

Según mis hijos somos unos padres muy crueles porque cada verano les obligamos a estudiar, aunque sea ligeramente. Siempre protestan, por eso nos dejó perplejos que nos pidieran dos libros para aprender japonés como regalo de fin de curso.

Y ahí están; en plenas vacaciones, investigando ellos solitos una lengua dificilísima y llena de garabatitos extraños. Si a mí se me hubiera ocurrido sugerirles que estudiaran chino, me habrían mandado directamente a paseo y me habrían preguntado si me había vuelto loca. Una lengua tan rara y tan lejana... ¡Vamos! ¡Y en verano!

Sin embargo, como es iniciativa suya, es maravillosamente divertido y adecuado y útil y oportuno. Nada, que todo son ventajas.

Desde la habitación del hermano llega una cancioncita en japonés y él también escribe. ¡No lo mato porque es mío! ¡Está haciendo caligrafía! Con lo que me costó que el puñetero la hiciera cuando era pequeño. ¡Mira que dibujitos tan cucos!

¡Qué satisfechos y quietecitos están! Se ve que el japonés con gusto no pica... A mí no me pica, solo me vuelve loca. He pasado de ser ama de casa a ser okaasan, que es mamá; otoosan es papá, oniichan significa hermano mayor y así un montón de palabrejas que no se me quedan en la cabeza, aunque ellos las usan habitualmente, como un leguaje secreto entre ellos. ¡Qué divertido!

Ahora se vuelven las tornas y la señora profesora me regaña.
—Mamá, mira que te he explicado veces que neko significa gato, ¿cómo se te puede olvidar tan pronto?

Ya veremos en qué acaba todo. Es imposible que asimilen bien una lengua tan compleja por sí solos, no obstante, seguro que adquieren conocimientos básicos.

Si doña Dispuesta se empeña en saber japonés, igual dentro de unos años habla por los codos. Ya quisieran los catalanes hacer a los demás una inmersión cultural como la de estos dos, porque el asunto no se queda en la lengua. El hermano apareció un buen día con unos kanjis tatuados en el brazo. A la otra le ha dado por comer en bols orientales y, por supuesto, con palillos. En lugar de dormir una siesta, ven una serie japonesa; en vez de bajarse juegos para el móvil, descargan diccionarios; se traen cómics de la biblioteca, investigan su historia... En fin, una inmersión en toda regla.

Ahora, para terminar bien el relato, debería despedirme en japonés. Yo había escrito: Sayônara, porque me sonaba lo de Sayônara, baby, pero ellos dicen que eso lo sabe cualquiera, que mejor os diga: Matta ne, que es algo así como “hasta pronto”. 

No, si al final, todos sabremos más.