jueves, 29 de octubre de 2015

Huertos de Soria III - Otoño

Todos los amigos de Estela están invitados a tarta de zanahorias


Tomo prestadas las palabras del médico de Cabrejas del Pinar para resumir lo que supone el otoño.
—Buenos días. ¿Cómo estás? –me pregunta el doctor.
—Muy bien. Solo vengo a por recetas.  Y tú ¿qué tal vas?
—Maravillosamente. Me encanta el otoño. A ti ¿no?
—Prefiero la primavera porque las tardes son luminosas y largas, el campo se pone verde, estalla la vida... es una época llena de optimismo y de promesas. Aunque, si te digo la verdad, le encuentro el encanto a todas las estaciones.
—A mí, me gusta el otoño porque es el momento de la cosecha. Los huertos rebosan de frutas y hortalizas y es una gozada recoger lo que has plantado y disfrutarlo en la mesa.
—Una poderosa razón. En otro momento, quizás no hubiera estado de acuerdo contigo, pero hoy no puedo estar más conforme: yo también tengo un huerto.

Sin lugar a dudas, fue la visita más grata que he hecho a un médico. Hablamos durante un ratito sobre plantas, invernaderos y técnicas, incluso me ofreció asesoramiento en materia de variedades. Gracias. Esto sí que es matar dos pájaros de un tiro; me llevé las recetas y los consejos.



Volvamos a nuestros quehaceres. Estela entraba todos los días la primera en el huerto y pasaba revista a la producción, especialmente a dos tomateras Cherry que se compró ella.  
—Mamá, hay quince tomatitos rojos, diecinueve más pálidos y un montón verdes que ya no puedo ni contar. ¿Arranco los rojos?
—Sí, claro.
—Papá, espera. Déjame sacar las zanahorias que me hace ilusión.
Al rato.
—Papá, yo también quiero investigar cómo van las patatas. Además, yo cavo con más cuidado.
Yo tampoco me libro.
—Mamá, es verdad que no ves nada: te has dejado un montón de judías. Si yo no estuviera repasando, se quedarían la mitad.

Estela debe de ser igual que el médico de Cabrejas, le encanta cosechar, porque recoge calabacines, judías, tomates, cebolletas, perejil...; otra cuestión es que después no le guste encontrarlas en el plato, pero como son de su huerto, al menos, las prueba. 

Las pruebas siempre son interesantes.
— ¿Por qué no hacemos una tarta de zanahorias? —sugirió su hermano.
— ¿Una tarta de zanahorias? ¡Qué guarrada! ¿Has oído, mamá?
Estela no podía estar más en desacuerdo, sin embargo, me pareció buena idea y buscamos una receta. Sorpresas te da la vida; la tarta de zanahorias es como los buñuelos de calabaza, no se aprecia de qué está hecha, pero ¡está riquísima!
—Esta tartaleta para ser de... una asquerosidad de verdura, está muy buena –reconoce Estela.

¡Menos mal que no iba a gustarle esta tarta! porque se la come a todas horas. Si uno se descuida, no la prueba.