miércoles, 4 de noviembre de 2015

Gracias, gallinas. Gracias, Julián.





Gracias, gallinas. Gracias Julián. Nunca os agradeceremos bastante lo que habéis hecho por nuestra hija. Nosotros lo intentamos durante siete años sin éxito, de nada valieron las buenas palabras ni los razonamientos ni siquiera las imposiciones. Todo fue inútil. Sin embargo, vosotros lograsteis lo imposible sin aparente dificultad. Nuestro reconocimiento es infinito.

Todo empezó el día en que pedimos permiso a Julián para dar comida a sus gallinas. El vecino se sorprendió un poco pero accedió, y Estela, entusiasmada, les llevaba: pan, maíz, lombrices y otras delicias. Comprobó que devoraban con verdadero afán la lechuga y el tomate, tanto es así que corrían más que los avestruces para llegar las primeras a la verja, y luego se peleaban a picotazos para robarse los pedazos de lechuga. 

Viendo tan tremendas trifulcas, Estela pensó que sería mejor darles la verdura de una en una. 
—A ver, tú, abre el pico. Listilla, no te cueles, a la fila y espera tu turno. Tú ya has comido. Gallo, deja de pensar en las chicas y espabila que estas no te dejarán nada. 





El problema quedó más o menos zanjado, aunque ella seguía pensativa... ¿Qué le rondaría por la cabeza? Es sangre de nuestra sangre y todo eso que suele decirse de los hijos y, sin embargo, nunca sé a ciencia cierta qué está tramando. Nosotros cuidamos de ella, pero ella es ella, otra realidad distinta de nosotros, sus padres. Y explico esto porque jamás habríamos adivinado lo que nos dijo una mañana.
— ¿Sabéis qué he pensado?
—Pues no. ¿Qué?
—Que si las gallinas se comen la lechuga y el tomate con tantas ganas, es que han de estar muy buenos. He decidido comer yo también lechuga y tomate.
— ¡Qué alegría! Ya era hora. Si ya te decía yo que no eran venenosos, se pueden comer con toda tranquilidad, hasta descubrirás que son riquísimos.
—No te pases.
Sí, mejor no pasarse con el cinismo por si resultaba contraproducente. Y probó la lechuga y el tomate y sobrevivió. Desde entonces come ensalada y bocadillos vegetales con verdadero deleite. 

 
Un tomate de Julián de 1250gr

Enterado Julián de la buena nueva, decidió regalarle los tomates más hermosos de su huerta, lo que todavía la ha entusiasmado más. 
—Estela, entra que te estaba esperando.
—Hola, Julián. ¿Qué pasa? ¿Han hecho algo los pollitos?
—No. Ven. He guardado el tomate más grande para ti. ¿Qué te parece?
—Gracias. ¡Es enorme! Cuando llegue a casa lo pesaré. Mamá, ¿me haces una foto?
—No llevo la cámara.
— ¿Podrías traerla, y de paso, algo para los pollitos?

Traje la cámara y un poco de lechuga que intentamos dar a los pollitos, pero no quisieron ni probarla.
—Me parece que sucede lo mismo que pasaba contigo: los pollitos no quieren lechuga, y hasta que no te vean comerla con ganas, no llegarán a la conclusión de que es buena. Tendrás que enseñarles —observó Julián.
—Es que son muy pequeños, yo no he comido lechuga hasta los nueve años. Mamá gallina, ya sabes: tendrás que esperar nueve años —le dijo entre risas a la gallina. 

A veces, el día de mi cumpleaños me dan sorpresas, aunque la de este año ha sido mayor por inesperada; mi hija ha decidido comer tomates y lechugas. Francamente, pensaba que, digna nieta de su abuelo, no probaría la verdura hasta que encontrara un grillo de cien kilos.


Pollitos acorralados entre la lechuga y la pared. Puagg, prefiero estar de cara a la pared antes que comer esa porquería.