viernes, 20 de noviembre de 2015

Mujer de agua, alma del río Duero



Fotografía del blog:   El rincón del trotamundos

8 de agosto. Castillo de Gormaz (Soria).
Lo sabía. Siempre lo he sabido, pero la razón no quería admitirlo. Desde pequeño, una extraña sensación me estremece cuando cruzo el puente sobre el río Duero y me dirijo al castillo; la brisa silba misterios que no entiendo, los peñascos callan antiguas historias, la fortaleza guarda secretos. Estoy sentado aquí arriba, con la espalda contra una de las torres de su muralla, intentando ordenar mis pensamientos. Desde este lugar privilegiado tomo distancia de los problemas, parece como si el viento peinara las ideas y todo se viera más claro; sin embargo, hoy los recuerdos se pelean con la razón.

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Unas semanas antes. 21 de junio. Castillo de Gormaz.
— ¿A qué hora llegarán los técnicos de la fundación, Rodrigo?
—A las cinco. ¿Has reunido toda la documentación sobre el castillo?
—Casi. Me gustaría conseguir unos planos que se conservan en los archivos del Burgo de Osma. Creo que contienen datos significativos para la restauración.
—Sigue intentándolo. ¿Tienes controlada a tu chica?
— ¡Qué cachondo eres! A Elvira no hay quien la controle, ella es el chef y manda a todos.
—Ya me entiendes, me refiero al catering.
—Eso no será un problema, lo tiene todo previsto.

La caja que financiaba la restauración había enviado a su equipo de técnicos para supervisar las actuaciones. La tarea estaba resultando ardua; tanto por el estado lamentable en el que se encontraban las ruinas como por la extensión del castillo: casi medio kilómetro de punta a punta, setecientos metros de muralla, veintiocho torres, las estancias palaciegas... La inspección sobre el terreno duró toda la tarde y, al anochecer, bajamos a cenar al campamento instalado a orillas del río Duero.

—Pero... ¿qué es esto? —preguntó Rodrigo con la cara desencajada.
Pendones, mesas de madera, troncos por asiento, platos de barro, candelabros... aquello parecía un campamento medieval. De repente, apareció Elvira vestida al estilo de una dama de la corte.
—Estimados amigos, sed bienvenidos —Hizo una gran reverencia—. Hemos querido daros una pequeña sorpresa con este banquete medieval para celebrar la restauración de nuestro bienamado castillo de Gormaz.
A un gesto de su mano, aparecieron camareros, músicos y bailarinas con atuendos de la época. Rodrigo observaba preocupado la reacción del consejero.
—Os propongo que también vosotros os vistáis al uso del siglo décimo para esta fiesta. Mirad, hemos encargado trajes para todos —Elvira sonreía señalando una barra llena de ropajes.
El consejero miró a Rodrigo, Rodrigo al consejero. No podía articular palabra, solo levantó ligeramente los hombros como diciendo: “Soy inocente”. Yo, que tampoco sabía nada de aquel montaje, quería fundirme porque temía que echara al traste todo el proyecto.
Elvira, que no se arredra ante nada, seguía a lo suyo.
—Señor consejero, creo que usted sería un magnífico Cid Campeador.



Todos estábamos fuera de juego esperando su reacción. Él se dio cuenta y soltó una gran risotada.
— ¡Hágase! ¡Vengan esas galas, señora, y que empiece el banquete! —exclamó, y se fue con Elvira a escoger sus ropajes.
—Si esto no acaba bien, recuérdame que te asesine —murmuró Rodrigo tras una sonrisa forzada y unos dientes que rechinaban.
No sé si fue por la majestuosidad del castillo que se erguía a nuestro lado, por la belleza del Duero o porque esa noche empezaba el verano, pero todos acogieron la idea con entusiasmo y muchas ganas de divertirse. 


Elvira lucía como una estrella en el cielo. Siempre he pensado que la indumentaria es perversa y me explico: un traje de seda grana y plata la cubría casi por completo, pero realzaba maravillosamente sus curvas, un velo enmarcaba su rostro moreno en el que chispeaba una mirada intensa. Sonreía seductora y divertida. Era Elvira. La conocía y no la reconocía, al mismo tiempo. Era ella y no era ella, o quizás, era ella más que nunca: mujer femenina y sensual en estado puro. Aunque me acerqué con intención de besarla, se escabulló con no sé qué excusa del maquillaje.
—Ahora no. Toma, verás como he escogido bien tu traje –dijo mientras me entregaba mis vestiduras, y se fue.
 
¡Otra vez esa punzada que me atenaza el estómago! igual que cuando la abrazo. La abrazo para sentirla, la abrazo más fuerte para sentirla mía; sin embargo, es como querer retener agua entre las manos; al final, se escapa toda. Sí, ahora que lo pienso, Elvira es como el agua; no puedo poseerla, no puedo atraparla y quedármela, se me escapa.

Rodrigo me sacó de estas cavilaciones.
— ¿Tú de qué vas?
—Ni idea. Vamos a ver —contesté desplegando la ropa—. ¿Qué? ¿Un bandolero? ¡Ella va casi de princesa y para mí ha traído un disfraz de bandolero? Y encima ha dicho que ha escogido bien.
—De bandolero... o sea: un canalla... y los canallas ¿qué hacen? Canalladas, ¿no? Bueno, no es tan malo, es como si te hubiera dado patente de corso.
— ¡Ah, pues visto así…!
Enfundado en mi traje me sentía distinto, el estado de ánimo era otro. Yo era otro, Rodrigo también, con paso arrogante nos dirigimos a la fiesta.


Elvira había tomado el papel de anfitriona y, sentada junto al consejero, le explicaba cada uno de los manjares mientras este, hombre culto y de refinado paladar, apreciaba tanto el plato como su documentación histórica y gastronómica. Se diría que los dos estaban en su salsa. Los demás reían ya por efecto de los sorprendentes brebajes que nos habían servido.
—Rodrigo,  ¿quién es la chica del vestido blanco? La que mira hacia aquí, ¿la ves?
—Sí, ya lo creo. ¡Vaya bombón! Lástima, no la conozco.
—Eso tiene fácil solución. ¿No somos bandoleros? ¡pues al asalto! —le dije echándole el brazo sobre la espalda y empujándolo.
—Saludos, mi reina —le solté mientras hacía una reverencia de los tiempos de María Castaña—. Porque debéis saber que para nosotros ya no hay más reina que vos.
—Soy la reina de los mares y del cielo, también —contestó distante, casi hierática, muy en su papel. Esa reacción tan fría me cortó un momento, mas pensé que nos seguía el cuento y continué la faena.
—Y tan hermosa dama, ¿cómo se llama?
—Marisol.
— Mar... y sol... ¡Claro! No podía ser de otra forma siendo la reina de los mares y del cielo. ¿Permitirá su alteza que estos pobres vasallos la inviten a una copa?
Su móvil empezó a sonar.
—Perdonad –se excusó. Luego se fue. 
Tenía unos ojos fascinantes. Sí, fascinantes es la palabra, porque aquellas largas pestañas y aquella mirada de agua marina entre azul y verde me habían poseído.

La cena había sido acogida con tanto éxito, que decidimos mantener la recreación medieval durante unos días. Elvira había terminado de recoger y se marchaba a Soria.
—Hola, cariño. Nosotros volvemos al restaurante. Nos vemos después.
Me dio un abrazo y un beso, de esos espléndidos.


Castillo de Gormaz - Soria - Fotografía de: http://lugaresconhistoria.com/tag/castillo-de-gormaz/

Ahora que lo pienso, todo era extraño. ¿Quién era Marisol? ¿Fui yo quién tomó la iniciativa o fue ella quien me provocó y yo caí como un imbécil? ¿Por qué estaba tan molesto con Elvira? ¿Porque no podía dominarla? ¿Porque no me fiaba de ella? Bien pensado, no me había dado ningún motivo para desconfiar. No sabía lo que me sucedía, era una desazón que me volvía loco, supongo que por eso decidí hacer rabiar a Elvira y buscar a la tal Marisol.

La vi subiendo al castillo. ¿Dónde iba? ¿Había olvidado algo aquella tarde?
— ¡Marisol! ¿Permite su alteza que la acompañe? Por su seguridad..., está muy oscuro.
— ¿Y con un bandolero estaré más segura? ¿Qué me robarás las perlas o el corazón?
—No podría escoger porque sois bella como una perla y tendría que llevaros entera con corazón incluido.
Me había quedado de cine, ¿no? De película medieval, claro. Ella empezó a reír mientras una niebla espesa lo envolvía todo y desapareció, en ese instante, creo que perdí la consciencia.


Día 22 de junio. A la puerta del castillo de Gormaz.
Chaval, bonita resaca. ¿Cuántos brebajes tomaste ayer, eh? ¡Espabila! —gritaba Rodrigo que no es precisamente delicado despertando a los demás—. ¿Qué demonios haces en el castillo?
—No lo sé. Anoche estaba aquí con Marisol y desapareció.
—Sí, sí, claro... pero tú tranquilo que eso es normal; es lo que tienen los brebajes medievales que cuando se acaban desaparecen las damas de la corte. Bajemos, que no sé ni cómo se me ha ocurrido subir hasta aquí a buscarte. A ver qué le explicarás a Elvira. La tienes la mar de contenta.

Todo era confuso, la verdad es que nada tenía sentido. ¿Había bebido demasiado? ¿Lo había  soñado? Entonces, ¿por qué estaba a la puerta del castillo? Al menos le había tocado la fibra sensible a Elvira..., el caso es que eso tampoco me hacía sentir mejor.

¿Qué había sucedido? Aunque Busqué a Marisol para preguntárselo, no la encontré en todo el día, nadie parecía conocerla. Estaba intrigado. Al atardecer la descubrí paseando a orillas del Duero.
 — ¡Marisol! ¿Dónde vas? ¿Te vienes de marcha?
—No — respondió un “no” simple, directo. Y ahora ¿qué? Cambio de táctica.
—La verdad es que a mí tampoco me apetece mucho jaleo, te he seguido porque me gustas.
—No me conoces, ¿cómo puedes saber si te gusto o no?
—Pues lo sé, me gustas, llevo todo el día buscándote, estoy obsesionado, quizá me esté enamorando —Contesté. Usar el amor siempre ha dado resultado con las mujeres.
—Cuidado: el amor es como el agua, que cala y embruja.
Y diciendo esto empezó a llover tan fuerte que la cortina de agua no me dejaba ver nada. Se me había escapado otra vez. Chorreando y cabreado regresé al campamento.

Día 23 de junio. En las excavaciones del castillo de Gormaz.
—Rodrigo, te aseguro que esa mujer desaparece.
—Sí, hombre. Estás zumbado, di que no sabes ligar y que las chicas huyen de ti. De seguir así, se acaba la restauración y a la tal Marisol, ni probarla.
— ¡Calla! ni me lo recuerdes que cada vez estoy más negro. Tiene que ser mía. Te lo juro. Esta noche la espero cerca del río y...
Pasada la media noche la sorprendí bañándose en el río. Esperé a que saliera del agua.
—Marisol, ¿esta noche también desaparecerás?
— ¡Qué bandolero tan obstinado! —exclamó con fastidio.
—Sí, el que la sigue, la consigue. Y yo estoy empeñado en conseguirte.
—No puedes. Las mujeres no se poseen.
—Sí, puedo –de mi garganta salió una voz extrañamente grave que no reconocía como mía.
—Entonces, además de un bandolero terco, serás un canalla. Muy propio de los bandoleros.
La cogí con fuerza del brazo para que no pudiera escapar. Ella me miró con unos ojos azules sobrenaturales, mientras se fundía como el hielo entre las llamas. En la superficie del río veía reflejada su imagen y aquella mirada glacial que se había clavado en mí y que me estaba congelando por dentro.
—Puedes quebrar a una mujer, pero no por ello la harás tuya. La voluntad y el amor son intangibles, jamás podrás sujetarlos a tu antojo —me advirtió antes de diluirse por completo.
¡Qué rabia! Rabia porque la maldita tenía razón. Y lo peor no es que ella no fuera fácil, sino que yo era un estúpido.




 Día 24 de Junio. Media noche cerca del puente árabe que cruza el río Duero.
—Marisol, espera. Solo quiero hablar contigo —Ella no, y se iba sin hacerme caso.
—Eres un pesado. ¿Crees que puedes arrebatarme por la fuerza lo que no estoy dispuesta a darte? ¿De verdad vale algo para ti si tienes que exigirlo? —preguntó retadora.
—No, no vale nada —admití en tono de rendición.
—Recuerda —su voz tenía el sonido de las olas del río—
            El amor es como el agua,
            que penetra y embruja,
 y solo tiene sentido
                        si tú quieres ser el mar
            y ella desea ser la playa.
Entonces te esperará
                        siempre dispuesta a acogerte,
            arribes en suaves olas,
rompas embravecido
            o llegues cansado buscando una playa donde descansar
                        y sentirte amado y protegido.

—Lo sé; el único amor que vale es el que te entregan libremente. El amor no se puede aprisionar ni retener, se escapa como el agua entre las manos, pero me ha costado aceptarlo porque da miedo que se acabe.
— ¡Ay, Bandolero, es lo que merecerías por canalla!
—Vale, mi reina  —Tuve que reírme porque me lo había ganado—. Os acompañaré a casa.
— No es necesario, ya estoy en casa –susurró mientras se convertía en agua que se dirigía al río.
Después, nada, el murmullo del Duero. 


Cortesía de Antonio Pulido Pastor

Día 8 de agosto. Castillo de Gormaz.
El sol se pone, todavía estoy aquí arriba distraído contemplando la inmensidad de Castilla: un cielo más claro y alto que ninguno; una llanura infinita entretejida de verdes campos y trigales, que mecidos por la brisa, parecen un mar dorado bordado de amapolas; un castillo imponente desde el que un halcón levanta el vuelo y planea hasta el hermoso Duero que me devuelve a mis pensamientos. El campamento ya no está, Marisol no ha vuelto y yo le pregunto al río:
—Río Duero, ¿quién era Marisol? ¿Una mujer de agua? ¿Tu alma, río Duero?

Río Duero - Fotografía de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Soria_-_Duero_1.jpg

Quiero dedicar esta entrada a Aurora, Elena y Alma, promesa de mujeres estupendas.

También a todos los hombres y mujeres que son maltratados porque sus parejas los consideran objetos de su propiedad, y no comprenden que se puede quebrar a una persona, pero no obligarla a querer. El amor y la voluntad son libres.