lunes, 7 de diciembre de 2015

De dos en dos




Por la mañana, al abrir las ventanas en una ciudad, invade la casa una mezcolanza de pestazos acompañada del estruendo de los coches al arrancar cuando el semáforo se pone en verde, los frenazos al detenerse, el ruido de las motos sin silenciador, el chirriar de las persianas que levantan los comerciantes, las sirenas de las ambulancias, el griterío de los viandantes...   

En Abejar, es un placer asomarse a la ventana; entra un airecito fresco que huele a hierba húmeda de rocío y solo se oye el balar de las ovejas. Siempre apetece entretenerse un rato contemplando el cielo, el pinar y los prados; por si vuela el milano, por si hay corzos. 

Aquí somos tan pocos habitantes que apenas circulan vehículos y casi nunca sucede nada. ¡Cómo se agradece tanta calma y tranquilidad! Sin embargo, hoy no ha sido un día como los demás, hoy hemos tenido un evento especial con bastante movimiento, mucha alegría y algunas carrerillas. Tan extraordinario suceso consistía en trasladar las vacas desde los prados de La Solanilla hasta El Navazo. 




Mientras veíamos pasar las vacas contentísimas camino de prados más verdes Esteban se ha detenido para saludarnos.
—Buenos días.
— ¿Qué tal? Hoy tienes la mañana movidita ¿eh?
—Sí, ya lo creo. Por cierto, tengo un par de terneros mellizos en La Solanilla, ¿queréis venir a verlos?
—Nos encantaría.
—Acercaos esta tarde hacia las seis.

Estela controlaba las horas, pero parecía que tenían más de sesenta minutos porque no pasaban.
¿Ya es la hora?
—Todavía no.
Queda poco, deberíamos prepararnos.
—Solo son las cinco, es demasiado pronto. Espera.
—Ahora ya tenemos que ponernos en marcha, faltan quince minutos.
—Sí, vamos. ¡Impaciente, más que impaciente!

Cuando llegó Esteban, nosotros ya le estábamos esperando. Bajó del todoterreno con un cubo y dos botellas llenas de leche tibia. Tras los saludos, abrió el corralito donde encerraba los terneros mellizos para darles de comer. Sin embargo, como los terneritos no nos conocían, se resistían a salir. Olisqueaban al dueño y la leche sin atreverse a pasar del umbral, así que Esteban tuvo que darles su biberón allí

Se veían tan bonitos, tan tiernos, tan suaves... que nos hubiera gustado tocarlos, pero nos extrañaban y no queríamos hacerles pasar un mal rato. 

—Estela, quédate aquí. Si te acercas, se asustan.
—Dejadme y ya veréis. Es que vosotros no sabéis, no tenéis paciencia –dijo mientras se agachaba muy lentamente—. A ver, ternerito, no tengas miedo —y se acercaba un poco— solo quiero ser tu amiga.
El ternero la miraba.
—Ven, pequeñín —le hablaba tan suavemente que dio un paso hacia ella—.  Acércate –le susurraba mientras le tendía la mano— no te haré daño.
El ternero dio otro paso. La olía y la observaba con una mirada inocente y llena de curiosidad. 



Qué escena más emotiva: mi hija y el ternero; los dos igual de pequeños, igual de tiernos, igual de interesados en el otro. Si pudieran estar juntos, acabarían siendo amigos del alma. 
— ¿Me dejas que te haga una foto? –le preguntó agazapada a pocos pasos.
Pensé que el ternero echaría a correr, sin embargo se dejó fotografiar sin problemas.
— ¿Veis? El ternero no me tiene miedo porque soy pequeña como él y, además, sabe que puede fiarse de mí. De otros quizás no, pero de mí, sí.

Esteban abrió el corralito para que los mellizos salieran al camino donde les esperaba mamá vaca.  Muy contentos se colocaron uno a cada lado y empezaron a mamar. Cuando terminaron, se fueron con su madre al prado donde pasan la noche juntos.

Nosotros les acompañamos hasta el río, mientras el ganadero nos explicaba que no es muy común un parto múltiple en las vacas, aunque las suyas han tenido varios. Nos enseñó un magnífico nido de cuervo y hablamos de todo un poco puesto que nosotros no sabemos nada de campo y todo nos interesa. 

Al anochecer, tuvimos que volver a casa. ¡Qué remedio! Pero antes, Esteban regaló un cuerno de corzo a Estela. ¡Bonito detalle!