viernes, 18 de diciembre de 2015

Pajareando



Embalse de la Cuerda del Pozo - Soria

—Inuki, hoy toca pajarear; ya sabes: eso de contar cuántos pájaros vemos para luego chivárselo a SEO, la Sociedad Española de Ornitología. Coge tus prismáticos perrunos y vámonos. 
Aunque al husky le importa poco esta afición mía, me sigue con entusiasmo, al fin y al cabo, salimos de paseo. Debo identificar la especie, contar cuántos ejemplares encuentro y anotarlo en una tablilla que llevo colgando del cuello junto con los prismáticos. Vaya, que estoy hecha un cromo. Tanto es así que los vecinos me preguntan si les voy a pasar una encuesta. 
—Pues no va usted desencaminado, don Ángel, pero la encuesta se la hago a los pájaros.
Me mira levantando las cejas sin comentar nada, no obstante, puedo leer sus pensamientos: “Esta chica está como una regadera”
—Sí, sí, don Ángel, no me lo diga, ya lo sé; tengo la cabeza llena de pájaros en el peor sentido de la expresión: loquita perdida —. Me echo a reír y él, también.

 
Estorninos "okupas" en el nido de las cigüeñas esperando a que salga el sol

Cuando Inuki y yo empezamos  nuestra tarea, lo primero que nos sobrevuela es una bandada de estorninos.
—A ver, pajaretes, alineaos, por favor, y numeraos que sois muchos y no hay manera de contaros.
Los pájaros me han oído y muy obedientes van a posarse en los hilos del tendido eléctrico. Mira qué bien educados.
—Dos, cuatro, seis, ocho, diez, digamos que por tres…, una treintena de estorninos  —calculo rápidamente porque ya levantan el vuelo y se van.

Más adelante diviso otra ave, sin embargo, no logro identificarla.
—Documentación, por favor —solicito al pajarito. Entonces él se da la vuelta y puedo ver la cola—. Gracias. Se trata de un colirrojo tizón. 


La diminuta tarabilla

Dos impresionantes buitres leonados planean en las alturas acompañados por un buitre negro, tomo nota. Aquí abajo, oigo a los jilgueros, pero no puedo localizarlos.
— ¿Ves a los jilgueros, Inuki? 
El husky ladra y, entonces, levantan el vuelo en un estallido de colorines. He contado una docena por lo menos. Un poco más adelante encontramos otro pajarín.
—Y tú, ¿de quién eres, bonito? —pregunto como se pregunta en los pueblos—. No te vayas, vuelve, no seas cobarde. ¿Has visto, Inuki? este se ha portado como un pajarraco, se nos ha ido sin identificarlo. Mala suerte, no lo puedo contabilizar. 

 
Corneja en lo alto de su atalaya

Se oye un grito de rapaz y afino el oído, ¿será el cernícalo? ¿El alcotán que se metió ayer en el corral de las gallinas? Me acerco al lugar del que ha procedido el sonido y… ¡sorpresa!; un estornino está ensayando uno de los muchos cantos de otras aves que sabe imitar. ¡Qué tramposo! 
 

Un destello rojo me llama la atención: el camachuelo con su pecho rubí y su cabecita negra es la amapola de las aves. El grupito lo constituyen cuatro machos y cinco hembras de color gris. ¡Todos fichados!

Camachuelos



Cernícalo en su percha cerca del nido
 
Seguimos nuestro camino sin observar más pájaros durante un buen trecho. ¿Dónde se habrán metido? Terminados los quince minutos dejo de anotar y regresamos a casa. Voy pensando en que cada día vemos: lavanderas, petirrojos, carboneros, tórtolas turcas, verderones, urracas, pinzones…, en cambio hoy, ni uno. Un chiu, chiu me hace levantar la mirada. Sobre el tejado de la casa hay varios gorriones.
—Conque estabais ahí, sinvergüenzas.
—Chiu, chiu —cantan y se asoman mirándome desde las alturas ladeando su cabecita. Parece que se ríen de mí—. Chiu, chiu —Saltan y revolotean y me observan.
—Sois unos traviesos, ¿lo sabíais? Todo el rato jugando al escondite conmigo. Vale, vale…, pues ahora no saldréis en las estadísticas —advierto. 

Ellos contestan con unos “chiu, chiu” que a mí me suenan a risitas de pájaro, pero no me importa porque los gorriones me parecen muy simpáticos, van en grupitos formando siempre una alegre algarabía como si estuvieran de fiesta. Y la suya es una alegría contagiosa que me pone de muy buen humor. 

—Es divertido esto de pajarear, Inuki, mañana hacemos otra ruta, ¿vale?


 
Aviones
 

Quiero brindar esta entrada a todos los voluntarios de SEO, en especial a Juan Luis Hernández de Soria que dedicó una mañana a explicarnos cosas de pajaritos en el bosque del Amogable.