sábado, 27 de junio de 2015

Huertos de Soria II - Verano

Tomatitos Cherry de Estela


Magia. Hay quien se lamenta de que no exista la magia. ¿Y quién necesita magia observando de lo que es capaz la naturaleza? Tierra, agua y luz. Solo tierra, agua y luz. Es lo único que necesita una semilla de secuoya para desarrollar un árbol de más de cien  metros de altura. ¿Habrá magia más potente que esa? 

En nuestro huerto no plantamos secuoyas, no porque no me gustara sino porque la especie humana es tan insignificante que no duramos lo suficiente para verlas creciditas. Por cuestiones prácticas, sembramos hortalizas que brindan una maravillosa recompensa en forma de zanahorias, tomates, judías, pimientos...

Enterramos un trozo de patata o una alubia y, al poco tiempo, rompen la tierra y se abren paso con una furia inusitada, perseveran contra el frío o contra el viento con un empuje y una tenacidad loables. Si las personas trabajaran así, cualquier tarea saldría mejor.  Entrado el verano, las matitas se han transformado en unas plantas lozanas que florecen y empiezan a dar fruto. Nosotros no tenemos que hacer casi nada, ellas crecen solitas; los hortelanos nos limitamos a regar, cavar, quitar malas hierbas, entutorar y poca cosa más.

Tras las labores diarias, nos sentamos un rato a contemplar nuestro pequeño huerto con honda satisfacción. Una tarde, nos dimos cuenta de que teníamos compañía. Muy cerca, un ruiseñor se daba un baño de arena, al cabo de un rato, apareció otro y luego, se añadieron dos más. ¡Menudo jolgorio!  En otras ocasiones, son los chochines quienes se rebozan en arenilla. ¿Cómo vamos a continuar excavando un pozo y luego inundarlo si a ellos les gustan los baños de arena, no de agua? 

Vale la pena detenerse a observar porque tenemos de todo un poco. En el hueco de un tronco viejo, anida una pareja de herrerillos y, continuamente, traen gusanos para los pollitos. Estela ha medido el tiempo entre la entrada y la salida.
-Mamá, ya verás: un, dos y tres segundos. ¡Ya sale!
Y sí, salen tan raudos que, aunque intentamos fotografiarlos, no conseguimos más que imágenes desenfocadas.


Lagarto guardián de mi huerto


También revolotean petirrojos que, tan pronto como salimos del huerto y nos sentamos, se cuelan y empiezan a revisar la plantación buscando insectos. Bonitos y útiles. Me sorprende lo poco que se asustan de nosotros. A veces, estamos trabajando y ellos aterrizan a un metro escaso. Quizá porque saben que donde hay un agricultor cavando tarde o temprano aparecen bichitos.  Otro animal bonito y útil es el lagarto. En pocas ocasiones he visto un reptil de un verde tan hermoso y tan brillante. Por lo menos tenemos cuatro: dos grandes y dos medianos. Suelen trepar sobre los troncos o las coles para tomar el sol, y de paso, cazan alguna mariposa nociva.

Hay topillos traviesos que cavan galerías por debajo de nuestras patateras y tenemos que asustarlos clavando un hierro en la tierra y golpeando para que el sonido los haga huir.  Y para alegría de Estela, hasta hemos visto pasar un gatito negro.


El lución (anguis fragilis) no es una serpiente, es un buen aliado del huerto porque se alimenta de insectos.


Entre riegos, paseos y observaciones transcurre el verano. Estela suele quedar con su amiga, Tony, y pasan la tarde hablando de sus cosas, merendando, ayudando con las garrafas del agua, jugando y riendo. Los domingos nos cruzamos con las abejareñas que van de paseo muy arregladas.
—Fíjate—le digo a mi marido— unos a regar disfrazados de hortelanos y otros tan compuestos de domingo. ¡Es que no tenemos remedio; ni vergüenza, tampoco! Nosotros siempre a contracorriente; cuando todos van, nosotros venimos y si todos vienen, nosotros vamos. 
— ¡Uy! ¡Qué problema más grave!
—Pues también tienes razón.

Una de las cualidades de mi marido es que no tiene sentido del ridículo por nimiedades, que no sufre por el qué dirán cuando se trata de tonterías, que nadie le obliga a hacer paripés. ¿Qué hubiera sido de mí si él fuera de los que guardan las apariencias y viven de cara a la galería? ¡Lo que me hubiera hecho sufrir!, porque no quiero vivir de cara a la galería, yo prefiero vivir de cara al huerto.


Intruso en el huerto

domingo, 21 de junio de 2015

Sorbete de flores de saúco - Helado de limón con jengibre



El domingo por la tarde es el momento de il dolce far niente, recostada en mi diván, la mirada perdida allá donde el pinar toca el cielo, apenas oigo de fondo Scheherazade de Rimsky Korsakov y es que los ojos se me cierran de sueño. 

Me despierto de la minisiesta perezosa, hace calor, y poco a poco, un antojo toma forma: me apetece algo frío. ¿Puedo concederme un capricho helado? Pues sí, ayer preparé un sorbete de flor de saúco y jengibre. Os explico cómo se elabora.



SORBETE DE FLORES DE SAÚCO Y JENGIBRE

En primavera toda Soria es un jardín, así que date un paseo. Ofrécele a un saúco unos litros de agua a cambio de una decena de flores y seguramente aceptará. 
Prepara una infusión con 600 ml de agua y déjala reposar durante una hora. Después, cuélala.
Prepara un almíbar con 150 ml de agua y 100 gr de azúcar.  
Añade jengibre rallado o piel de limón (solo la parte amarilla, la blanca amarga). Hierve cinco minutos a fuego medio.
Cuela y añade la infusión de saúco y el zumo de un limón.
Deja enfriar y hiela en heladera. Si no tienes heladera, introdúcelo en el congelador y cada cierto tiempo remueve la mezcla para que no se formen cristales de hielo.
Comentarios: Se me ocurre que el almíbar podría cambiarse por jarabe de arce o una miel de sabor delicado. La cantidad de jengibre y zumo de limón depende del gusto de cada uno, empieza poniendo poca cantidad y prueba. 


Helado de limón acompañado de tortita de dátiles y canela


¿Y SI NO TENGO FLOR DE SAÚCO?  Pues por mí no vas a quedarte sin helado para el domingo.

HELADO DE LIMÓN Y ALMENDRAS

Tuesta 45 gr de almendras fileteadas y déjalas enfriar.
Bate tres yemas de huevo con 175 gr de azúcar moreno.
Añade 200 gr de nata tibia a las yemas fuera del fuego, luego vuelve a calentar muy suavemente porque si alcanza más de 75 ºC, el huevo se cuajará.
Incorpora 225 gr de queso cremoso y remueve.
Mezcla 3 cucharadas de zumo de naranja y el zumo de un limón, su piel rallada y dos yogures naturales sin azúcar.
Cuando ya no esté caliente, introdúcelo en la nevera hasta que esté frío.
Antes de pasarlo a la heladera, añade las almendras fileteadas tostadas.


Y, ahora, a disfrutar que no es necesario ser productivo a todas horas, saber desconectar también es importante.


¡Ah, dolce far niente! El dulce placer de no hacer nada… solo saborear un helado.


Toda Soria es un jardín. Inuki junto al saúco.

Cómo distinguir los tres tipos de saúcos ibéricos. Para el sorbete debéis buscar Sambucus nigra.

viernes, 19 de junio de 2015

Un gran día




Hoy es un día especial, no solo porque empieza el verano sino porque Julián nos llevará a ver nidales. Al salir a la calle, comprobamos que el verano ha cumplido sus promesas de sol, cielo azul y golondrinas y, también, Julián que nos espera a la puerta de su huerto.   

Sobre pájaros, sabe lo que no está escrito en los libros, no en vano ha pasado varias primaveras colocando nidales y censando pollitos. En seis años ha tenido tiempo de anillar unos pocos: ¡26.000!

Una vez en el pinar, nos explica que conviene emplazar los nidos en la horquilla de una rama para que el aire no los tire y orientarlos al Sudeste. Equipado con una pértiga alcanza la primera caja, pero no hay pájaros, hay sorpresa. Una sorpresa peluda y con cola que a Estela le encanta: una ardillita se aleja saltando de rama en rama. Julián nos cuenta que, a veces, las ardillas ocupan los nidos. También el pájaro carpintero agranda las entradas o las rompe por detrás para robar los pollitos.




Seguimos adelante.
—Estela, tú que tienes buena vista, a ver si encuentras otro nidal —pide Julián.
—No te creas, con tantos pinos... pasas de largo y no te enteras —confiesa ella—. ¡Allí está!
Descuelga la caja amarilla, quita el frontal y, aunque todos sabíamos que íbamos a ver pollitos, lo cierto es que resulta muy emocionante abrir el nido y encontrar a dos.
— ¡Mira, qué bonitos! —susurra Estela con los ojos brillantes de alegría.
Todos nos agolpamos para observarlos mejor. El nido está primorosamente confeccionado con musgo y en el hueco central se acurrucan dos crías de herrerillo capuchino.
Julián anima a Estela a tocarlos.
— ¿De verdad puedo tocarlos? —pregunta incrédula—. ¡Qué calentitos! ¡Qué suaves!




Pensaba que saldrían volando pero no. A pesar de estar ya emplumados, todavía no vuelan. Nuestro experto en aves nos habla de los plazos: aproximadamente unos cinco días para poner, otros quince para incubar, quince alimentándolos en el nido y otros quince ya en el exterior. Si la temporada es buena, algunas especies pueden sacar adelante dos nidadas.

Tras colgar otra vez el nido en el mismo sitio y la misma posición, vamos en busca de los demás. Julián ve y oye lo que nosotros ni siquiera sospechamos.
— ¿Habéis oído? Es un mosquitero musical.
¡Qué suerte saber identificar las aves por su canto!
—Fijaos, un agateador —dice mientras señala un pajarito diminuto— trepa desde la base del tronco hasta arriba en busca de insectos. Se diferencia del trepador azul en que este puede subir y bajar por el tronco mientras que el agateador nunca va boca abajo.
—Claro, no querrá que le suba la sangre a la cabeza —deduce Estela.

—Mirad, un pico picapinos rompió este nido y tuve que poner una entrada de plástico para que resbalen los picotazos, aun así lo ha intentado porque aquí se ven las marcas.
— ¡Vaya pajarraco gamberro! —exclama Estela conmocionada ante el hecho de que un pájaro se coma los pollitos de otros.
El nido ha sido abandonado y en el interior se aprecia todo el material revuelto. Una lástima. En cambio en el siguiente encontramos varios huevos.
—Son azules... ¡qué originales! Los de gallinas son más sosos. ¿Cuántos hay? Uno, dos, tres, cuatro y cinco. ¡Hala, qué bien!
—Cinco es lo normal —aclara Julián.




 Todos estamos encantados pero Estela es la que más disfruta. Va detrás de Julián a zancadas intentando localizar los nidos, le recoge la pértiga, le ayuda a descolgar los nidales, mete la nariz en la caja...
—A ver, ¿qué tendremos aquí? —le pregunta Julián.
—Sí, vamos a ver —contesta la otra dispuesta—. ¡Anda, más pollitos! Pero estos son un poco raros, ¿no? Parecen marcianos.
—Es porque solo tienen cinco días —Calcula Julián.
— ¡Ah! ya decía yo. Me gustan más con plumas, desnudos están un poco feos.



Caminamos otro trecho hasta el próximo que está muy alto y tenemos que alargar la pértiga. Lo descuelga y sonríe.
— Estela, mira por el agujerito a ver qué hay.
— Está oscuro, creo que no hay nada.
Al abrir el nido, la cara de Estela se ilumina, la “nada” se ha convertido en cinco pollitos más un huevo azul. Estela está tan entusiasmada que corre peligro de salir volando de pura alegría. Julián los coge y se los pasa con cuidado, ella junta las palmas de la mano como si fueran un nido y los contempla maravillada.

Un día inolvidable para nosotros. Nunca pensamos que tendríamos ocasión de ver el interior un nido, menos todavía, tantos y con información tan veraz. Gracias, Julián.




Nunca se deben de tocar los nidos de las aves. Nosotros pudimos observarlos gracias a la invitación de Julián (autorizado especialmente por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León)