sábado, 31 de octubre de 2015

El cazador de lobos arrepentido



Cortesía de Toni Ceacero


— ¿Oyes esos disparos, Inuki?,  están cazando. Aquí corremos peligro, será mejor marcharnos.
Una vez conocí a un cazador arrepentido. ¿Sabes por qué dejó la caza? Seguro que no te lo imaginas. 

Se llamaba Luis, y no se le ocurrió otro regalo para celebrar el cumpleaños de su hijo, José, que enseñarle a cazar. Aquel día amaneció luminoso y José se levantó sin protestar, estaba contentísimo de que, por fin, se lo llevara de caza; se creía mayor. El padre, orgulloso de que su hijo siguiera la tradición, le iba explicando todo el ritual, mientras, el chaval observaba con atención, luego procuraba imitarlo en todo. Luis se sentía tan admirado como satisfecho.

Se adentraron por el bosque hasta llegar a un claro que frecuentaban los lobos, echaron carnaza y se apostaron en un escondite. Esperaron durante dos horas, que al niño se le hicieron eternas; pero, era tal su entusiasmo, que no se atrevió a protestar. Al contrario, acechaba pacientemente al lado de su maestro mirándole de reojo con gran devoción y copiando todos sus movimientos.


Cortesía de Toni Ceacero

Al final, apareció un lobo. El cazador hizo un gesto para que se mantuviera en silencio. El corazón de José latía emocionado, los ojos clavados en el lugar donde se entreveía moverse al animal. Poco a poco, salió del matorral y pudo ver una hermosa loba seguida de tres lobeznos que saltaban jugando entre ellos. Fue una visión bonita por un instante; por un instante porque el disparo del rifle rompió aquel cielo tan azul, cesaron los trinos, se llenó de aves espantadas.


Cortesía de Toni Ceacero

La loba cayó malherida, los cachorros huyeron. Luis y José se acercaron a la presa abatida, aún estaba viva, les miraba con ojos de terror. La remató de un tiro. Un poco antes era una loba preciosa, con su espeso pelaje de invierno, acompañada de sus pequeños; sin embargo, ahora yacía con la cabeza destrozada en un charco de sangre.

José miro a su padre con los ojos anegados de lágrimas
—Era una mamá, ¿verdad? ¿Qué pasará ahora con sus lobitos? ¿Se quedarán solos y se morirán de hambre?
No supo qué contestar, no se esperaba estas preguntas. José miró fijamente a su padre sin decir nada más, no era necesario. Luis podía leer en la mirada de su hijo el desprecio y la tristeza que le había causado el espectáculo, aquellos ojos lo veían como un asesino.

El cazador no estaba preparado para esto, en unos minutos había pasado de ser un padre admirado a ser menospreciado. Intentó consolarlo con una caricia, pero José la rechazó y le dio la espalda.  “Los hombres no lloran” le decían siempre, “Los hombres no lloran” repetía apretando los dientes, pero las lágrimas rebeldes rodaban por sus mejillas. Tanta crueldad gratuita lo sobrepasaba. 


Diario de Cantabria

Luis me contó que, durante meses, sufrió unas pesadillas terribles y que se despertaba gritando; entonces acudía la madre a consolarlo. El chico le explicaba que soñaba con la loba ensangrentada y los lobeznos,  que veían desde los arbustos como mataba a su madre. Después se marchaban y aullaban de pena hasta que morían de hambre.  Se echaba a llorar y no era tarea fácil tranquilizarlo porque tenía miedo de dormirse y volver a soñar.

¿Sabes, Inuki? Luis me confesó que le había afectado tanto que su hijo lo considerara un desalmado que nunca volvió a cazar. La mirada de reproche y de terror del niño se le quedó clavada en el alma. Él quería ser un padre de quien pudiera sentirse orgulloso. 


Vámonos, Inuki, vámonos antes de que un escopetero loco nos arree un tiro, que tú te pareces demasiado a un lobo y, si te matan, te echaría mucho de menos.


¿Lobo o perro? Perro, es Inuki.

No es una historia inventada, Luis y José existen y estos hechos ocurrieron en la década de los ochenta.

Agradezco a Toni Ceacero que me haya cedido sus fotografías de lobos. Perfil de Toni

jueves, 29 de octubre de 2015

Huertos de Soria III - Otoño

Todos los amigos de Estela están invitados a tarta de zanahorias


Tomo prestadas las palabras del médico de Cabrejas del Pinar para resumir lo que supone el otoño.
—Buenos días. ¿Cómo estás? –me pregunta el doctor.
—Muy bien. Solo vengo a por recetas.  Y tú ¿qué tal vas?
—Maravillosamente. Me encanta el otoño. A ti ¿no?
—Prefiero la primavera porque las tardes son luminosas y largas, el campo se pone verde, estalla la vida... es una época llena de optimismo y de promesas. Aunque, si te digo la verdad, le encuentro el encanto a todas las estaciones.
—A mí, me gusta el otoño porque es el momento de la cosecha. Los huertos rebosan de frutas y hortalizas y es una gozada recoger lo que has plantado y disfrutarlo en la mesa.
—Una poderosa razón. En otro momento, quizás no hubiera estado de acuerdo contigo, pero hoy no puedo estar más conforme: yo también tengo un huerto.

Sin lugar a dudas, fue la visita más grata que he hecho a un médico. Hablamos durante un ratito sobre plantas, invernaderos y técnicas, incluso me ofreció asesoramiento en materia de variedades. Gracias. Esto sí que es matar dos pájaros de un tiro; me llevé las recetas y los consejos.



Volvamos a nuestros quehaceres. Estela entraba todos los días la primera en el huerto y pasaba revista a la producción, especialmente a dos tomateras Cherry que se compró ella.  
—Mamá, hay quince tomatitos rojos, diecinueve más pálidos y un montón verdes que ya no puedo ni contar. ¿Arranco los rojos?
—Sí, claro.
—Papá, espera. Déjame sacar las zanahorias que me hace ilusión.
Al rato.
—Papá, yo también quiero investigar cómo van las patatas. Además, yo cavo con más cuidado.
Yo tampoco me libro.
—Mamá, es verdad que no ves nada: te has dejado un montón de judías. Si yo no estuviera repasando, se quedarían la mitad.

Estela debe de ser igual que el médico de Cabrejas, le encanta cosechar, porque recoge calabacines, judías, tomates, cebolletas, perejil...; otra cuestión es que después no le guste encontrarlas en el plato, pero como son de su huerto, al menos, las prueba. 

Las pruebas siempre son interesantes.
— ¿Por qué no hacemos una tarta de zanahorias? —sugirió su hermano.
— ¿Una tarta de zanahorias? ¡Qué guarrada! ¿Has oído, mamá?
Estela no podía estar más en desacuerdo, sin embargo, me pareció buena idea y buscamos una receta. Sorpresas te da la vida; la tarta de zanahorias es como los buñuelos de calabaza, no se aprecia de qué está hecha, pero ¡está riquísima!
—Esta tartaleta para ser de... una asquerosidad de verdura, está muy buena –reconoce Estela.

¡Menos mal que no iba a gustarle esta tarta! porque se la come a todas horas. Si uno se descuida, no la prueba.

domingo, 25 de octubre de 2015

Presentación de fotografías de Abejar II

Para relajarse un ratito, nada como ver una presentación de diapositivas de Abejar y su entorno.





lunes, 19 de octubre de 2015

Un cuento para que los niños no teman a las arañas





Reconozco que las arañas son raritas: van peludas porque siempre se olvidan de ir a la peluquería a cortarse el pelo, algunas son negras y otras de colores, tienen ocho patas y todas corren mucho (creo que por eso necesitan tantas patas), y corren tanto porque son muy muy miedicas.  Claro que si yo viera a un gigante que quiere aplastarme o arrancarme una pata también correría y mordería. Vosotros, ¿no?
Voy a contaros la historia de Elisa y su araña.



¿Rosa? No puede ser...
Elisa nunca pensó que un día sería famosa, y no lo pensaba, porque tampoco le importaba ser famosa; a ella lo que de verdad le gustaba era jugar con su amiga Ángela. A veces, se iban las dos al bosque que había detrás de su casa o a los campos de almendros y manzanos que labraba el abuelo de Ángela. Precisamente esta historia empezó con el abuelo y sus almendros, y Ángela que entró corriendo en la peluquería de su madre.
—Hola, mamá, ¿sabes qué me ha regalado el abuelo?  preguntó levantando un pequeño saco.
—No tengo ni la menor idea. ¿Qué?
—Almendras nuevas, de esas que aún están tiernas.
— ¡Qué buenas! Abre unas cuantas y nos las comeremos juntas cuando termine de peinar a esta señora.

Ángela se fue al reservado donde se almacenaban los productos de estética y demás trastos, buscó en la caja de herramientas un martillo, cogió una maderita donde apoyar las almendras para romperlas y, sentada en el suelo, empezó su tarea.

No estaba sola; una prisionera la observaba desde dentro del saco. La metieron allí por accidente  junto con las almendras, y ahora se encontraba magullada y desorientada, pues no reconocía el lugar, y eso la ponía nerviosa. Tímidamente salió para reconocer el terreno, vio a Ángela y lo peor es que Ángela también la vio a ella.
— ¡Aaah! ¡Mamá, mamá! chilló la niña.
Al oír unos gritos tan espeluznantes, la madre entró corriendo.
— ¿Qué te sucede? preguntó—. ¿Te has chafado un dedo?
—No, mira: una araña contestó Ángela señalando hacia el saco—. ¡Mátala que es muy fea! ¡Aaaah!




Si Ángela se había asustado, la araña estaba aterrorizada. Las arañas no oyen muy bien, solo captan vibraciones. Los agudos gritos de Ángela la hacían temblar, todas las patitas le flojeaban, no sabía dónde ir; pero cuando vio el zapato de la madre que se le venía encima, echó a correr.

Subió por la pared y salió hacia la peluquería, entonces sí que se armó un buen follón. Algunas  mujeres se pusieron a gritar y a tirar objetos al pobre animalito. Al final, la hicieron caer de la pared y desapareció en algún lugar de las pilas de lavar el pelo.
— ¿Dónde está? preguntaban ansiosas.
—Ha caído al agua aseguraba una.
—Tira agua caliente para que se vaya por el desagüe y pon el tapón aconsejaba la otra.
Y así lo hicieron. Todas se quedaron tranquilas y convencidas de que se habían librado de ella. 

Sin embargo, la araña seguía allí, muy quietecita. Había caído dentro de un cacharro lleno de tinte y se había escondido en el fondo, aunque no podría aguantar mucho porque aquel mejunje apestaba tanto que acabaría por desmayarse. 

Cuando ya no quedaba nadie, salió medio atontada y, entonces, sí que se cayó en la pila de agua.
— ¡Arrgg, qué fría! —refunfuñó para sí la araña—. Al menos el agua me quitará esta porquería y este mal olor.
Se restregó la araña sus ocho patas, la cabeza, el abdomen (que es su barriguita), todo, vaya. Se sentía limpia, pero no conseguía recuperar su color.
—Me he frotado muy bien, ¿por qué sigo manchada? – Pensaba muy intrigada la araña—. Siempre he presumido de unos maravillosos colorines que son la envidia de todas mis amigas. Siempre he sido la más guapa, en cambio, este tono… es un desastre.

Aunque se sentía algo deprimida, debía pensar en otros asuntos más importantes como encontrar el camino a casa, mejor dicho al campo. Echó a andar y caminó y caminó toda la noche, subió escaleras, bajó paredes, rodeó muebles…; sin embargo, no encontró ninguna salida: volvía a estar encerrada, seguía en una prisión.

Al amanecer, muy cansada y triste, y además, hambrienta, se acurrucó en la esquina de una ventana. Si la abrían, a lo mejor, podría escapar. Poco a poco se fue quedando dormida.

El ruido de una puerta al abrirse la despertó. Ángela y su amiga Elisa acababan de entrar riendo y hablando sin parar. Mientras Ángela buscaba los patines, Elisa se acercó a la ventana.
— ¡Anda, mira qué bonita! ¿Desde cuándo la tienes? preguntó Elisa—. Es preciosa. Nunca había visto una de color rosa.
— ¿Una qué? contestó Ángela sin mirar, pues continuaba rebuscando en el armario de los juguetes—. Yo no tengo nada rosa.
— ¿Ah, no? Pues esta es rosa, rosa…, más rosa no puede ser comentó Elisa—. ¿Puedo tocarla?
— ¿De qué hablas? —dijo Ángela dándose la vuelta y mirando a su amiga.
—De la araña aclaró.


 
Entonces la vio. La vio y se quedó blanca. Iba a gritar como la tarde anterior, pero allí estaba Elisa tan tranquila intentando tocar a la araña.
— ¿Es que tú te atreves a…? susurró.
—Pues claro –afirmó Elisa—. Ven aquí preciosa, eres como un peluche rosita. ¡Qué mona!
Le acercó un dedo lentamente. La araña se la miraba sin fiarse mucho, aunque la verdad es que Elisa no parecía amenazadora. Levantó una pata y…
—Mira qué araña tan simpática, me está saludando con la patita interpretó Elisa, y sin pensarlo dos veces, juntó su dedo con la pata de la araña—. ¡Chócala! Encantada de conocerte.
— ¿Y si te pica? murmuraba Ángela, escondida detrás de su amiga.
—No creo. Me picaría si se sintiera amenazada, o si yo fuera una presa, o si pudiera oler mi miedo, o eso dicen en los documentales –aseguró Elisa—. Tengo una idea: para que sea nuestra amiga vamos a traerle algo de comida. Eso nunca falla.
— ¿Pero tú estás loca? ¡Elisa, es una a-ra-ña! recalcó Ángela—. ¿Entiendes? Los bichos no son amigos de las personas.
— ¿Qué te apuestas? Voy a buscar algo.

Y salió antes de que Ángela pudiera decirle que no pensaba quedarse sola con aquel bicho, tampoco se atrevía a marcharse por si se escondía y luego no podían encontrarla. La araña la miraba con sus ocho ojos muy fijamente sin moverse ni un milímetro, no fuera a gritar como la tarde anterior y viniera la madre con la zapatilla a matarla.

Enseguida regresó Elisa.
—Mira, arañita, lo que tengo para ti: un mosquito y un escarabajo azul Le ofreció Elisa al tiempo que dejaba el mosquito muy cerca de la araña.
Como se moría de hambre se acercó despacito, desconfiando, pero esta niña no parecía un enemigo y, al final, se puso a comer.
—Oye, tú no la quieres ¿verdad?  preguntó a Ángela—. ¿Puedo quedármela?
—Claro, toda tuya aceptó encantada— que para eso somos amigas.
—Gracias. Tendremos que ponerle un nombre, ¿no te parece? pensaba Elisa en voz alta—. ¿Martina te gusta?
—Mejor, llámala Bicharraco respondió Ángela.
— ¡Cómo eres! Martina, tú no hagas caso. Anda, súbete a mi mano que nos vamos a casa.
Y Martina trepó por la mano de Elisa que era una mano amiga, calentita y olía muy bien.
—Gracias, otra vez, Ángela. Esta araña rosa es única en el mundo, jamás olvidaré que me la regalaste tú. Hasta mañana se despidió Elisa contentísima con su nueva mascota.

Transcurrieron los días y Martina y Elisa cada vez se entendían mejor y eran más amigas. A la niña le gustaba hacer los deberes y que la araña la acompañara sobre el escritorio, así no se aburría tanto.
—Martina, vamos a jugar a dar clase, ¿vale? Como tú no te sabes las tablas yo seré la señorita y tú, la alumna.
En estos casos la araña solía armarse de paciencia y levantaba una patita en señal de conformidad.
—Martina, vamos a repasar la tabla del ocho. Repite conmigo: ocho por cero, cero; ocho por uno, uno; ocho por dos, cien… —recitaba Elisa tan feliz.
Pero la araña no le hacía ni caso.
—Martina, he dicho que ocho por dos son cien y te has quedado tan fresca. ¿No ves que está mal? Te haré una versión adaptada para arañas y así te aclaras mejor; cero arañas, cero patas; una araña por ocho patas, ocho patas; dos arañas por ocho patas, cien patas…
Martina levantó las dos patitas delanteras, lo cual significaba que no estaba de acuerdo.
— ¡Muy bien! Ya veo que estás atenta; ocho por dos no son cien. Solo quería comprobar si me prestabas atención. Seguimos: dos arañas con ocho patas, dieciséis patas; tres arañas con ocho patas,  veinticuatro patas…

La araña se paseaba por la mesa, se subía al cuaderno…
—Mañana tengo examen de ciencias naturales. Martina, te voy a preguntar sobre los invertebrados. ¿Dónde estás? preguntó Ángela mirando por toda la mesa—. ¿No te habrás escondido porque no te sabes la lección?
La araña se encogió para que no la descubriera.
—Martina, hoy te interesa el tema. Te voy a contar la diferencia entre los insectos y los arácnidos. Supongo que sabrás que tú no eres un insecto, eres un arácnido.
Entonces la araña salió del estuche de los lápices, se subió al libro mientras Elisa le explicaba que ni los insectos ni las arañas tienen columna vertebral por eso son todos invertebrados, sin embargo, los insectos cuentan con seis patas y los arácnidos con ocho. 





No siempre eran así de tranquilas y entretenidas las tardes de estas dos amigas.  Un día Elisa estaba trabajando en una manualidad, de pronto, se dio cuenta de que le faltaba una goma y fue a pedírsela a su madre.  Mientras tanto, Martina salió de la cajita que era su casa y empezó a curiosear cartulinas, herramientas, se metió en unos botecitos muy llamativos, derribó otros…

Cuando regresó Ángela no podía creer lo que estaba viendo: las cartulinas revueltas, los botes tumbados, la cola derramada, la pared llena de caminitos brillantes de purpurina… Esto solo podía ser obra de alguien que ella conocía muy bien.
— ¡Martina, eres tremenda! ¿Dónde estás araña atolondrada?
Siguiendo el rastro de purpurina que había dejado en la pared la descubrió enseguida.
—Eres muy traviesa. ¿Qué le voy a decir a mamá cuando vea la pared llena de purpurina? ¿Le digo que son cenefas?
Entonces se echó a reír.
— ¿Tú te has visto bien? ¿No tenías bastante con ser una araña de color rosa? Ahora estás llena de purpurina y brillas como si fueras una bola de Navidad. 

Aquella noche la araña no se atrevió a bajar de la pared. La tenue luz que entraba por la ventana se reflejaba en la purpurina y la hacía destellar. Elisa tumbada en su cama la observaba divertida.
—Martina, estás bonita ahí arriba, pareces una estrella en el cielo. Si ahora te diera por correr, serías una estrella fugaz  le comentó Elisa.

La arañita ya no se sentía tan apesadumbrada al escuchar a su dueña. Cuando era de colorines, ella se veía muy guapa; en cambio las personas le tenían asco y miedo y, entonces, querían matarla. No entendía por qué la consideraban mala, si era de colores; y buena, si era rosa. Era la misma buena araña tuviera el color que tuviera. Pensaba que los humanos eran raros, pero si ser rosa y brillante de purpurina hacía feliz a Elisa y evitaba que los demás intentaran asesinarla, pues estupendo.

Con la llegada del verano, empezó el calor y ese calor húmedo y pegajoso, que no deja ni dormir por las noches, atrajo a los mosquitos leopardo. Aparecieron una tarde en una miríada, que es como un platillo volante formado por mosquitos, y atacaron a niños, adultos, perros, vacas…, casi nadie se libró. A la mañana siguiente, los amigos de Elisa se enseñaban unos a otros las grandes ronchas y contaban cuántas tenían para ver quién era el ganador. Lo peor es que escocían una barbaridad, así que el ganador era también el perdedor. 

Sin embargo, Elisa no tenía ni una picadura. Era la única del pueblo que se había salvado. Entonces, fueron a visitarla el Sr. Alcalde, el Sr. Pediatra, la Sra. Directora del colegio, la Sra. Jefa de Policía. Todos necesitaban saber qué había hecho Elisa para librarse, porque estas personas tan importantes tenían que proteger al resto del pueblo de la plaga de mosquitos. Aunque la interrogaron durante una hora, no descubrieron nada.

Al anochecer, aparecieron otra vez los mosquitos y picaron un poco menos que la noche anterior porque los vecinos estaban preparados, aún así, algunos se despertaron con unos cuantos picotazos más. 

Por la mañana, las autoridades volvieron a casa de Elisa. Cuando comprobaron que no tenía ni una picadura a pesar de dormir con la ventana entreabierta, se quedaron más confusos que el día anterior, porque que no la picaran un día podía ser suerte, pero dos…
—Yo sé el porqué –intervino Elisa.
Nadie la escuchaba. Así son los mayores: se enzarzan en una discusión y no se escuchan ni entre ellos. Entonces Elisa tuvo una idea; subió a su habitación, cogió a Martina y de regreso en el salón, abrió la cajita y soltó a la araña. Inmediatamente se hizo el silencio. El alcalde se escondió detrás del pediatra, la directora se subió a una silla, la policía la apuntó con la pistola… No sabían si gritar o no, si disparar o no, si huir o no, porque era una araña, pero una araña rosa brillante. Se quedaron estupefactos. Estupefactos es una palabra extraña para decir que la situación era tan rara que no sabían cómo reaccionar.

—Aquí está es la diferencia: yo tengo araña y los demás no afirmó Elisa. Esta es Martina, mi amiga, y cada noche teje una tela de seda en la abertura de la ventana de forma que cuando entran los mosquitos se quedan atrapados. Luego los envuelve con otro hilo de seda para inmovilizarlos.
—No es posible, esos mosquitos son demasiado grandes, romperían la tela objetó el alcalde.
—La seda de la tela de araña es muy resistente aseguró Elisa. Si coge dos hilos igual de gruesos uno de seda y otro de acero, se romperá antes el de acero.
—No creo que eso pueda ser masculló el alcalde.
—Suban a mi habitación y les enseñaré la tela retó Elisa a todos los presentes.

 


 Los arácnidos pueden segregar distintas clases de seda según el uso que le vayan a dar y Martina, viendo que los mosquitos eran enormes, tejió una trampa con su mejor seda.

—Anoche mi araña no dormía en ninguno de sus sitios habituales y me puse a buscarla explicó Elisa—. Cuando la encontré estaba muy atareada tejiendo esa tela entre la ventana y la pared que, como pueden ver, está llena de mosquitos. Tan pronto como se quedaban enganchados, mi arañita los envolvía en seda y ya no podían escapar.
— ¡Caramba! exclamó el alcalde—, parece que llevas razón; tu araña se ha pasado la noche haciendo guardia para que no te picara ningún mosquito.

Martina levantó la patita y ya sabéis que, cuando ella levanta una pata, quiere decir que está de acuerdo.

—Esto lo explica todo dijo la chica policía—. Sr. Alcalde creo que deberíamos informar a la población para que no maten más arañas ni rompan sus telas.
—Los pájaros también comen insectos; todos podríamos colgar en los árboles casetas para que aniden –sugirió Elisa.
—Sí, es una buena idea. Las instalaremos en los parques se comprometió el alcalde.
Se marcharon dando órdenes para hacer bandos, comprar casetas, enviar notas a la prensa, hacer… lo que hacen las autoridades. Elisa y Martina se quedaron solas en su habitación.

—Martina, muchas gracias por cuidar de mí dijo Elisa a la araña— mientras le acariciaba la espalda con un dedo.
Martina estaba tan contenta que cogió carrerilla y dio una voltereta en el aire.
— ¡Oh!  exclamó Elisa—. ¡Araña alocada! ¿No ves que puedes hacerte daño? Yo también estoy contenta, pero no hago volteretas mortales. Ven, sube a mi mano que nos vamos de paseo.

Por primera vez pudieron salir a tomar el sol al parque sin que nadie intentara hacer daño a la araña. Aunque la miraban con curiosidad y un pelín de repelús,  al cabo de unos días todos se habían acostumbrado y la saludaban con simpatía ¡que para eso había aparecido su fotografía en la portada del diario local! Además ahora estaba de moda tener una araña de mascota, ¡aunque no fuera rosa!

Para despedirnos, Martina, que es una araña muy educada, levanta su patita y nos dice: 

“Adiós”

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Ya veis que las arañas no son malas, niños, pero recordad que son muy miedicas. Si encontráis una araña intentad salvarla, pero no la cojáis con la mano porque si se asusta puede morderos, utilizad una cajita o un vaso para atraparla y sacarla a la calle.



Este cuento puede compartirse citando el blog y el autor: Los ojos del husky de María Milano Negro 

Fotografías de la araña saltarina:  https://pixabay.com/es/jumping-spider-peque%C3%B1a-ara%C3%B1a-ara%C3%B1a-284326/


 Otro cuento delicioso sobre las arañas de María José Martí López Hilos de seda