miércoles, 23 de diciembre de 2015

Navidad 2015

Inuki, Estela y yo deseamos a todos los lectores de este blog

FELICES FIESTAS
 

martes, 22 de diciembre de 2015

Diosa, no. Mejor, arrendajo

Diosa Deméter


Emilio Valadé del Río contesta a mi entrada "Como una diosa" en su blog El Paseante Silencioso
Gracias, Emilio, nunca me hicieron una advertencia de forma tan bonita.

Milano, en la entrada que regalas al Paseante silencioso, dices de ti que eres como una diosa. Tal vez como Deméter, encargada del jardín terrenal, no sé. Me encanta que lo digas así, tan a la brava. Humana hasta la médula, sitúas en ti misma el afán perpetuo del hombre, de la Humanidad. Ser como Dios. ¡Qué bien sabía la serpiente que ese argumento sería incuestionable para Eva y Adán! Seréis como Dioses, dijo sutilmente, como quien no quiere la cosa. 

Y creyeron, claro que creyeron y cayeron. Siglos más tarde, milenios más tarde, diría un cínico genial, Oscar Wilde, que “la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. Y todo se derivó a partir de la caída de Adán y Eva. No fueron como dioses, le tentación es engañosa, pero el afán de ser como Dios ha permanecido latente en la Humanidad. Tú lo revives en la entrada que ahora me inspira.



Siempre han sido codiciadas por los humanos las prendas atribuidas a la divinidad: la eterna juventud, la ausencia de dolor, la omnisciencia, etc. etc. Nunca contentos con lo nuestro, caprichosos por naturaleza, menospreciamos la inteligencia, la capacidad de conocer, de pensar... Todo lo nuestro, como si nada. Gente mimada que desprecia lo que tiene, y lo tiene todo, constantemente añorando lo ajeno. Siempre sabe mejor el caldo en cocina ajena, dice el refrán, y no voy a ser yo quien lo remedie.

Los griegos, tan liberales ellos en sus tratos con los dioses, los tenían para todos los gustos. La conducta más perversa que podamos imaginar, contaba con un dios que la había seguido. Ladrones, borrachos, envidiosos, criminales, lascivos, todos tenían su digno representante en el Olimpo. Por eso nosotros, los mortales, estábamos disculpados en lo que hiciésemos.


Pero había algo que el padre Zeus no perdonaba, era el querer retarles. Debíamos admitir nuestras limitaciones, acomodarnos a ellas y procurar ser felices de ese modo. Cualquier intento de parecernos a los dioses, en plan igualarlos o, incluso, superarlos, era una ofensa grande, la más grande, y recibía el nombre de Hybris. Llevaba consigo la correspondiente penitencia, la Némesis, que la imponía el dios retado, nunca vencido.

Hoy, Milano, te sientes como diosa y yo te creo. Es algo muy humano, yo diría que es algo que los mortales llevamos en nuestro ADN, si no barruntase en qué consiste ese ácido y qué es lo que lleva y encierra. Te comprendo, pero no me gusta. No quiero verte expuesta a una Némesis mandada por Deméter o por Perséfone. No quiero verte castigada por diosas celosas, mentirosas, armadanzas que disponen del favor de Zeus.


Arrendajo

Puestos a compararse, ¿Qué tal si te comparas con un arrendajo? Tengo que ponerte en antecedentes, claro. El arrendajo es un pájaro bonito, de hermosos colores y canto especial. Su plumaje es azul y no presenta dimorfismo sexual. Los campesinos le conocen de lejos. Ruidosos, anidan en árboles y son fundamentalmente omnívoros, aunque prefieren frutos y de éstos, las bellotas.


domingo, 20 de diciembre de 2015

Como una diosa



 

Esta entrada es un regalo para mi querido amigo Emilio Valadé del Río por el tercer cumpleaños de su blog:   El paseante silencioso 

Suelo pasear a Inuki, mi husky, por un camino donde crece un gran roble. Cada otoño veo como la mitad de las bellotas acaban aplastadas por los coches; así que se me ocurrió recoger unas cuantas para sembrarlas en algún sitio desarbolado. Entonces consulté a un experto cómo y cuándo debía hacerlo y, viéndome tan entusiasmada, decidió enviarme otras semillas. (Bonito detalle que, por inesperado y espontáneo, fue como un regalo) De forma que, ahora, dispongo de más variedades para reforestar. Estupendo.

—Inuki, fíjate qué mañana tan soleada. ¿Te apetece que vayamos a plantar árboles? —se acerca con un trotecillo alegre—. ¿Mueves la cola? Eso es un sí, pues andando.
Para la repoblación he escogido una pequeña colina orientada al sur donde no falta el agua. Con una azadilla excavo un agujero, deposito tres bellotas y luego las entierro. Inuki me observa y, de repente, él también se pone a excavar con furia
— ¡Quieto, perro loco! —exclamo entre risas porque me ha cogido por sorpresa y me ha llenado de tierra—. ¡Qué bien se te da cavar hoyos, Perry!  Vas más rápido que yo.  ¿Me haces unos cuantos, por favor?





Inuki se va y sigo con mi tarea, sembrando cada diez metros más o menos hasta que se acaban las semillas. Pasa un vecino y me saluda.
—Buenos días. ¿Dónde vas con una azada? ¿A buscar setas?
— ¡No, hombre, qué va! Voy a esconder un tesoro.
— ¿Tienes un huerto por aquí? ¿Qué haces?—Insiste.
—No, es un secreto. Voy a hacer un trabajito… a enterrar un cadáver —susurro y le guiño un ojo en señal de complicidad.
Me he despistado un minuto hablando con el señor  y, mientras, Inuki ha descubierto una liebre y ha echado a correr loma arriba.
— ¡No, Inuki, las liebres son amigas, déjala en paz! —grito siguiéndolo a la carrera—. ¡Vuelve! ¡No te portes lobo! —Se detiene, me mira y regresa—. Buen perro.





Inuki, solo es legítimo matar para defenderse o comer, y como tú tienes comida, no está bien que caces. Quitar la vida a otro ser es algo triste, he tenido que decidir quitarle la vida a dos animales y, aunque fuera para evitarles una agonía lenta, resultó muy desagradable. En cambio, me siento orgullosa de haber rescatado cigüeñas, lagartos, vencejos, mininos… 

De joven vi un grupo de gatos acorralando un halcón contra una pared, sin pensarlo dos veces, ahuyenté a los gatos, cogí al pájaro y me lo llevé a casa. Durante meses lo estuve cuidando hasta que volvió a recuperar las plumas que le habían cortado y, cuando ya fue capaz de volar, lo solté en la sierra.

Verlo levantar el vuelo, brindarle la libertad, devolverle la vida fue una experiencia incomparable. Siempre es mejor dar la vida que quitarla, ¿sabes, Inuki? No entiendo las aficiones como la caza o los toros; yo nunca mataría por diversión, siempre preferiré contribuir a la vida en lugar de provocar la muerte. 

Regreso a casa tranquilamente, estoy cansada, las mejillas coloradas por el sol y el aire, pero no me importa porque me encanta salvar animales o convertir una colina desnuda en una arboleda que se llenará de pájaros y de otra fauna.



La colina pelada se convertirá en una arboleda verde





— ¿Te has divertido, Inuki? Yo sí, estoy la mar de satisfecha, me siento… —busco una palabra adecuada—, ¡me siento como una diosa! Sí, como una diosa de la Naturaleza que regala la vida, que crea bosques y bellos paisajes.
El husky me mira atento abatiendo una oreja en señal de duda.
— ¿No te parezco una diosa? Pues hay una diosa en mí, que lo sepas. No me desafíes que te convierto en margarita, ¿eh?
Inuki ladra y salta huyendo que mí que lo persigo muerta de la risa preguntándole si prefiere ser una orquídea.

 
¿Te convierto en amapola?

viernes, 18 de diciembre de 2015

¿El aullido del lobo?



¿El aullido de un lobo? No, pero como si lo fuera. 
Es el aullido de Inuki.

Pajareando



Embalse de la Cuerda del Pozo - Soria

—Inuki, hoy toca pajarear; ya sabes: eso de contar cuántos pájaros vemos para luego chivárselo a SEO, la Sociedad Española de Ornitología. Coge tus prismáticos perrunos y vámonos. 
Aunque al husky le importa poco esta afición mía, me sigue con entusiasmo, al fin y al cabo, salimos de paseo. Debo identificar la especie, contar cuántos ejemplares encuentro y anotarlo en una tablilla que llevo colgando del cuello junto con los prismáticos. Vaya, que estoy hecha un cromo. Tanto es así que los vecinos me preguntan si les voy a pasar una encuesta. 
—Pues no va usted desencaminado, don Ángel, pero la encuesta se la hago a los pájaros.
Me mira levantando las cejas sin comentar nada, no obstante, puedo leer sus pensamientos: “Esta chica está como una regadera”
—Sí, sí, don Ángel, no me lo diga, ya lo sé; tengo la cabeza llena de pájaros en el peor sentido de la expresión: loquita perdida —. Me echo a reír y él, también.

 
Estorninos "okupas" en el nido de las cigüeñas esperando a que salga el sol

Cuando Inuki y yo empezamos  nuestra tarea, lo primero que nos sobrevuela es una bandada de estorninos.
—A ver, pajaretes, alineaos, por favor, y numeraos que sois muchos y no hay manera de contaros.
Los pájaros me han oído y muy obedientes van a posarse en los hilos del tendido eléctrico. Mira qué bien educados.
—Dos, cuatro, seis, ocho, diez, digamos que por tres…, una treintena de estorninos  —calculo rápidamente porque ya levantan el vuelo y se van.

Más adelante diviso otra ave, sin embargo, no logro identificarla.
—Documentación, por favor —solicito al pajarito. Entonces él se da la vuelta y puedo ver la cola—. Gracias. Se trata de un colirrojo tizón. 


La diminuta tarabilla

Dos impresionantes buitres leonados planean en las alturas acompañados por un buitre negro, tomo nota. Aquí abajo, oigo a los jilgueros, pero no puedo localizarlos.
— ¿Ves a los jilgueros, Inuki? 
El husky ladra y, entonces, levantan el vuelo en un estallido de colorines. He contado una docena por lo menos. Un poco más adelante encontramos otro pajarín.
—Y tú, ¿de quién eres, bonito? —pregunto como se pregunta en los pueblos—. No te vayas, vuelve, no seas cobarde. ¿Has visto, Inuki? este se ha portado como un pajarraco, se nos ha ido sin identificarlo. Mala suerte, no lo puedo contabilizar. 

 
Corneja en lo alto de su atalaya

Se oye un grito de rapaz y afino el oído, ¿será el cernícalo? ¿El alcotán que se metió ayer en el corral de las gallinas? Me acerco al lugar del que ha procedido el sonido y… ¡sorpresa!; un estornino está ensayando uno de los muchos cantos de otras aves que sabe imitar. ¡Qué tramposo! 
 

Un destello rojo me llama la atención: el camachuelo con su pecho rubí y su cabecita negra es la amapola de las aves. El grupito lo constituyen cuatro machos y cinco hembras de color gris. ¡Todos fichados!

Camachuelos



Cernícalo en su percha cerca del nido
 
Seguimos nuestro camino sin observar más pájaros durante un buen trecho. ¿Dónde se habrán metido? Terminados los quince minutos dejo de anotar y regresamos a casa. Voy pensando en que cada día vemos: lavanderas, petirrojos, carboneros, tórtolas turcas, verderones, urracas, pinzones…, en cambio hoy, ni uno. Un chiu, chiu me hace levantar la mirada. Sobre el tejado de la casa hay varios gorriones.
—Conque estabais ahí, sinvergüenzas.
—Chiu, chiu —cantan y se asoman mirándome desde las alturas ladeando su cabecita. Parece que se ríen de mí—. Chiu, chiu —Saltan y revolotean y me observan.
—Sois unos traviesos, ¿lo sabíais? Todo el rato jugando al escondite conmigo. Vale, vale…, pues ahora no saldréis en las estadísticas —advierto. 

Ellos contestan con unos “chiu, chiu” que a mí me suenan a risitas de pájaro, pero no me importa porque los gorriones me parecen muy simpáticos, van en grupitos formando siempre una alegre algarabía como si estuvieran de fiesta. Y la suya es una alegría contagiosa que me pone de muy buen humor. 

—Es divertido esto de pajarear, Inuki, mañana hacemos otra ruta, ¿vale?


 
Aviones
 

Quiero brindar esta entrada a todos los voluntarios de SEO, en especial a Juan Luis Hernández de Soria que dedicó una mañana a explicarnos cosas de pajaritos en el bosque del Amogable.
 

lunes, 7 de diciembre de 2015

De dos en dos




Por la mañana, al abrir las ventanas en una ciudad, invade la casa una mezcolanza de pestazos acompañada del estruendo de los coches al arrancar cuando el semáforo se pone en verde, los frenazos al detenerse, el ruido de las motos sin silenciador, el chirriar de las persianas que levantan los comerciantes, las sirenas de las ambulancias, el griterío de los viandantes...   

En Abejar, es un placer asomarse a la ventana; entra un airecito fresco que huele a hierba húmeda de rocío y solo se oye el balar de las ovejas. Siempre apetece entretenerse un rato contemplando el cielo, el pinar y los prados; por si vuela el milano, por si hay corzos. 

Aquí somos tan pocos habitantes que apenas circulan vehículos y casi nunca sucede nada. ¡Cómo se agradece tanta calma y tranquilidad! Sin embargo, hoy no ha sido un día como los demás, hoy hemos tenido un evento especial con bastante movimiento, mucha alegría y algunas carrerillas. Tan extraordinario suceso consistía en trasladar las vacas desde los prados de La Solanilla hasta El Navazo. 




Mientras veíamos pasar las vacas contentísimas camino de prados más verdes Esteban se ha detenido para saludarnos.
—Buenos días.
— ¿Qué tal? Hoy tienes la mañana movidita ¿eh?
—Sí, ya lo creo. Por cierto, tengo un par de terneros mellizos en La Solanilla, ¿queréis venir a verlos?
—Nos encantaría.
—Acercaos esta tarde hacia las seis.

Estela controlaba las horas, pero parecía que tenían más de sesenta minutos porque no pasaban.
¿Ya es la hora?
—Todavía no.
Queda poco, deberíamos prepararnos.
—Solo son las cinco, es demasiado pronto. Espera.
—Ahora ya tenemos que ponernos en marcha, faltan quince minutos.
—Sí, vamos. ¡Impaciente, más que impaciente!

Cuando llegó Esteban, nosotros ya le estábamos esperando. Bajó del todoterreno con un cubo y dos botellas llenas de leche tibia. Tras los saludos, abrió el corralito donde encerraba los terneros mellizos para darles de comer. Sin embargo, como los terneritos no nos conocían, se resistían a salir. Olisqueaban al dueño y la leche sin atreverse a pasar del umbral, así que Esteban tuvo que darles su biberón allí

Se veían tan bonitos, tan tiernos, tan suaves... que nos hubiera gustado tocarlos, pero nos extrañaban y no queríamos hacerles pasar un mal rato. 

—Estela, quédate aquí. Si te acercas, se asustan.
—Dejadme y ya veréis. Es que vosotros no sabéis, no tenéis paciencia –dijo mientras se agachaba muy lentamente—. A ver, ternerito, no tengas miedo —y se acercaba un poco— solo quiero ser tu amiga.
El ternero la miraba.
—Ven, pequeñín —le hablaba tan suavemente que dio un paso hacia ella—.  Acércate –le susurraba mientras le tendía la mano— no te haré daño.
El ternero dio otro paso. La olía y la observaba con una mirada inocente y llena de curiosidad. 



Qué escena más emotiva: mi hija y el ternero; los dos igual de pequeños, igual de tiernos, igual de interesados en el otro. Si pudieran estar juntos, acabarían siendo amigos del alma. 
— ¿Me dejas que te haga una foto? –le preguntó agazapada a pocos pasos.
Pensé que el ternero echaría a correr, sin embargo se dejó fotografiar sin problemas.
— ¿Veis? El ternero no me tiene miedo porque soy pequeña como él y, además, sabe que puede fiarse de mí. De otros quizás no, pero de mí, sí.

Esteban abrió el corralito para que los mellizos salieran al camino donde les esperaba mamá vaca.  Muy contentos se colocaron uno a cada lado y empezaron a mamar. Cuando terminaron, se fueron con su madre al prado donde pasan la noche juntos.

Nosotros les acompañamos hasta el río, mientras el ganadero nos explicaba que no es muy común un parto múltiple en las vacas, aunque las suyas han tenido varios. Nos enseñó un magnífico nido de cuervo y hablamos de todo un poco puesto que nosotros no sabemos nada de campo y todo nos interesa. 

Al anochecer, tuvimos que volver a casa. ¡Qué remedio! Pero antes, Esteban regaló un cuerno de corzo a Estela. ¡Bonito detalle!