miércoles, 27 de enero de 2016

Disparando a las ardillas




— ¿Has oído, Inuki? ¡Un disparo! Y ha sido aquí mismo.
Ha sonado tan cerca que dejamos el desayuno a medias y nos asomamos a la ventana.  A pocos metros, vemos un coche aparcado y a un cazador armado con escopeta que anda entre los pinos matando ardillas.
 
No es solo que se haya metido en una finca privada que está vallada, no es solo que esté disparando sin respetar las distancias de seguridad a una vivienda, ¡es que está aniquilando una especie que no solo no es cinegética sino que está protegida!


Al abrir el balcón para fotografiarlo; él nos ve, igual que nosotros a él, tan cerca estamos; entonces, sortea la valla con rapidez, sube el terraplén, mete la presa abatida en el coche y se marcha. 

Hemos avisado a la Guardia Civil, pero como no han tenido tiempo de llegar, quedará impune. Suele jactarse de sus matanzas en el bar, así pues, en Abejar se sabe que es un cazador furtivo que no respeta ni fechas ni especies ni lugares. Presume de llevar siempre la escopeta en el coche y de disparar por la ventanilla: “Pegué un tiro a una ardilla y, cuando fui a recogerla, habían caído dos”. Es tanta la afición que en sus terrenos puede verse una vara larguísima para hacerlas caer de los pinos cuando se le quedan colgadas. 


Una vara larguísima para descolgar las ardillas que mata

Afortunadamente, no todos en el pueblo son locos de la escopeta, en la finca contigua, su vecino ha colgado casetas en las que anidan pájaros y ardillas; también puso un cartel, en la puerta de entrada, para reconocer a las aves insectívoras y protegerlas.  Estos dos son tan distintos como Abel y Caín, uno protege a los animales mientras que el otro los asesina.

 
Caseta para que aniden las ardillas

 —Me siento muy impotente y triste, Inuki. ¡Con la alegría que me daba ver ardillas desde mi ventana!  Siempre me han resultado simpáticas por bonitas, listas y ágiles. Nunca olvidaré la primera vez que vi una.

Ha matado mis ardillas…, porque esas ardillas eran mías, ¿sabes, Inuki?, esas ardillas son patrimonio natural de todos los abejareños y de todos los españoles.

En diez años, Abejar ha triplicado el número de casas rurales. ¿Quieres decirme qué podrán ver los visitantes si se extermina la fauna? Los pueblos no suelen tener edificios singulares ni monumentos, el turismo rural consiste, sobre todo, en ofrecer esa Naturaleza de la que ya no se puede disfrutar en la ciudad. Permitir que se esquilmen los recursos naturales es tener muy poca vista comercial. 

¿Y la caza? La caza es pan para hoy (poco pan y solo para algunos) y hambre para mañana. Volvamos diez años atrás, aún se oía cantar las codornices, este año no había ninguna; para que los escopeteros locos se desahoguen disparando,  soltaron unos cuantos centenares de granja porque las silvestres ya las exterminaron. Lo mismo sucede con lo demás: desde la ventana ya no volveremos a ver ardillas, hace tiempo que tampoco pasan los jabalíes ni el zorro y, cada vez, hay menos corzos. Solo nos queda algún milano y algún cernícalo. Veremos lo que tardan en abatirlos o envenenarlos.

—Tú, también, estás enfadado, ¿verdad, Inuki? Nunca te dejo atrapar ardillas, siempre te digo que son amigas, y resulta que viene un cualquiera y les pegar un tiro.  

Han disparado a mis ardillas, han aniquilado mis ardillas, han exterminado mis ardillas… ¡estoy que ardo!



Tan distintos como Abel y Caín; arriba, fachada con calaveras de la casa del cazador; abajo, puerta de entrada a la finca del vecino con el cartel para proteger nuestras aves. En Villabene vive un hombre de bien, en la casa de las calaveras, un... (cada uno que ponga el adjetivo que considere oportuno)