miércoles, 20 de enero de 2016

Dulces tardes sorianas de invierno




Frío. Hace un frío tan intenso y tan seco que hasta la palabra frío se encoge y tirita, solo cuatro letras y una erre que nos deja temblando.  ¡Qué frrrío! Este es un invierno soriano de nieve, carámbanos y vientos gélidos.

Pero contra el mal tiempo, nuestra vecina,Victoria, tiene un magnífico plan: hacer pastas.
— ¿Quieres que te enseñe cómo se hacen las rollas, Alberto?
— ¡Claro! Cuando tú digas.
A media tarde, nos abrigamos y bajamos al portal. Aunque el viento y la lluvia nos azotan la cara, nosotros tenemos una misión y nada nos detiene.  Cruzamos decididos la calle y subimos la cuesta dando patinazos porque es muy pronunciada y el agua se ha congelado. Enseguida llegamos a casa de Victoria.
—Hola, pasad. Entrad en la cocina, veréis qué calentita.
—Hola, Toya. Es verdad, qué calorcito más reconfortante.
Todas las casas antiguas del pueblo tienen cocina de leña y todos los abejareños, derecho a recogerla en el pinar; así que seguro que no pasaremos frío.




—Mirad, ya he preparado los ingredientes: harina, aceite, anís, huevos...
— ¡Qué amarillitas están las yemas!
— ¡Claro! como que son mis gallinas.
Victoria se sabe la receta de memoria, pues su madre ya hacía estas pastas y, antes, la abuela. Vaya, que en su casa se hornean desde el principio de los tiempos. Alberto se ha puesto el mandil, se ha arremangado y va haciendo lo que ella le indica, yo tomo nota porque ya se sabe...
—Mamá, tú apunta bien que tienes memoria de pez y luego no te acuerdas de nada –me advierte Estela.
—Sí, en eso estoy.
—Papá, tú ¿no haces nada?
— ¿Yooo? Yo probaré qué tal han quedado.
— ¡Qué listo! —se ríe Victoria.

La cocina huele a obrador de pastelería. Victoria va añadiendo ingredientes, la harina se va incorporando conforme ella amasa. La observamos atentamente porque saber de qué está hecha una pasta no es suficiente, la forma de trabajar es crucial, y Victoria tiene una maestría que solo se adquiere tras años de elaboración. Es una suerte que quiera compartir el secreto con nosotros.
—Alberto, echa el anís.
—Voy.
Enseguida se extiende un aroma delicioso.
—Esto ya está —sentencia la confitera—. Ahora lo tapamos y lo dejamos reposar media hora.

Mientras recogemos, llega Pepe aterido de frío.
—Buenas tardes.
—Hola, Pepe. Vienes calentito, ¿eh?
—Calla, calla.  Que hemos estado sacando trufas en el encinar y allá arriba teníamos diez grados bajo cero. Ni siquiera el perro quería estar fuera. No sé las veces que ha intentado largarse.
—Acércate al fuego, Pepe —le dice la hermana—. Mete algún tronco más.
Pepe sigue el consejo y se trae unos cuantos leños que va introduciendo en la cocina al tiempo que hablamos de la cosecha de trufa.
—Fíjate lo que tengo aquí.
— ¿Qué es? –pregunta Rafael.
—Trufas conservadas en coñac. Huele y verás. Y... si te gusta, bebe un trago –le sugiere.
— ¡Madre mía! Pepe, esto es un tesoro.
—A los trabajadores, nos regalan alguna cada año —comenta Pepe sin darle mayor importancia.




Es la hora de la verdad, Victoria ha destapado la masa y empieza a formar las rollas con mucho arte.
—Prestad atención. ¿Veis cómo se hace?
—Sí, sí. Me estoy fijando con los ojos abiertos como un búho para que no se me escape nada —contesta Estela.
—Ahora se meten en el horno. ¿A qué temperatura está?
—A más de 180º C.
— ¿Cómo va a ser eso? No puede ser.
—Sí, es que he echado leña para que se caliente bien la cocina y la casa —aclara Pepe.
—La caldera de la calefacción está a 90º C. A ver si estalla –dice Rafael—. Pepe, eres tremendo.
— ¡Oye, que hace mucho frío!

La alarma de la puerta de entrada nos avisa de que alguien acaba de llegar. Es Julián.
—Buenas noches, Julián.
— ¿Buenas noches? Me parece que no. Malas noches y malditos perros, nos han preparado una...
— ¿Qué te han hecho los perros?
—Han echado a correr por el sabinar y no han regresado. Venga llamarles y venga esperar para nada. Al final, hemos dejado el carro allí para que esta noche se refugien cuando vuelvan.
—Ja, ja, ja –Rafael se ríe a carcajadas— Lo que no te pase a ti...
—Estaba sufriendo porque sabía que estabais aquí pero no podía venir.
—No sería por nosotros. Lo que pasa es que te ha llegado el olorcillo de las rollas y te has venido corriendo. Di la verdad.
—Sí y no. He venido a vigilar, porque no sé si Estela sabrá echar los azucarillos a las rollas —dice Julián con cara de inocente mirando a Estela de reojo.
— ¿Qué? Pues claro que sé.
—Eso tengo que verlo yo –sigue chinchando Julián—. Mira, como sabía que venías tú, he comprado azucarillos de muchos colores y de todas las formas: bolitas, corazones, estrellitas, palitos...
—Anda, qué majo eres. Gracias. Déjame ver –contesta Estela.
Al otro lado, Victoria y Alberto preparan una manga pastelera con glasé para decorar las rollas.
—Intenta hacer un dibujo decorativo –aconseja Victoria.
Alberto traza rejillas, flores y estrellas.
— ¿Yo puedo hacer alguna, Toya? –pregunta Estela.
—Claro. Deja a tu hermana que pruebe, también.
Estela dibuja rosetones y, al final, hasta Rafael se atreve con la manga pastelera y decora una.



—Bueno, ahora quiero ver cómo echas los azucarillos, Estela –dice Julián.
—Eso no es tan difícil. Total se dejan caer por encima y ya está.
— ¡Uy, qué pobre está eso! –la va pinchando Julián— ¿Para eso te he traído tantos botes? ¿Para que pongas tan poca cosa? Ya veo que no sabes.
—Sí, claro, como si fuera necesario estudiar una carrera para echar unos azucarillos.
—Yo no digo tanto, pero un poco de gracia sí que se necesita.
—Pues a ver tú cómo lo haces, que para eso tú eres de Abejar y yo no.
—Mira, ¿ves? –dice Julián mientras espolvorea medio bote encima de una rolla.
— ¡Hala! ¡Qué exagerado!
No puedo evitar reírme, porque Julián es un quemasangres consumado, aunque Estela tampoco se acobarda y le sigue la corriente.
Victoria tiene una idea estupenda.
— ¿Por qué no hacéis una foto a todas las rollas juntitas encima del banco?
—Así tendremos un recuerdo –piensa Estela en voz alta.




Hacer pasteles durante las largas tardes de invierno es un entretenimiento maravilloso. Si hoy nos hemos divertido preparando las rollas, mañana verás lo que disfrutaremos comiéndolas. Un día hacemos rollas; otro elaboramos roscos; al siguiente, sobadillos.

Alguien comenta que con tanta rolla y tanto rosco este será un invierno enrollado y enroscado. Los demás nos reímos por la ocurrencia. Son momentos entrañables en buena compañía.

Al volver a casa, nieva suavemente. Los copos nos van blanqueando como si nosotros también fuéramos un dulce y el cielo nos estuviera espolvoreando con azúcar glas.