martes, 9 de febrero de 2016

Más Heidi que Heidi



 

Cuando yo tenía la edad de Estela, emitieron por televisión una serie de dibujos sobre una niña que vivía en los Alpes: Heidi. Hace poco volvieron a reponerla y Estela se identificó con ella enseguida. 

Cierto día estaba abstraída mirando por la ventana en dirección a las majadas y como saliendo de un sueño dijo: «Una tarde subiré hasta aquellos prados y me tiraré rodando por la colina igual que Heidi».

Desde entonces, solemos gastarle bromas llamándola Heidi cuando se pone en plan campero. 
— ¿No podríamos pedirle un corderito a Juan José, el pastor, y traerlo a casa, mamá?
—Vale, Heidi, y ¿dónde lo guardarías?
—En mi habitación, claro.
—Claro... ¡Claro del todo! —No sé en qué estaría yo pensando para preguntarle eso.



—Pues yo quiero andar descalza por la hierba.
— ¡Mira que eres Heidi! Ten cuidado con los “regalitos” de las vacas y las arañas.
—Vaya, en eso no había pensado...
Pero nada la desanima.
—A mí, me gustaría tener una cabaña de madera y cuidar ovejas y hacer queso y subir a la montaña y tener un perro y tirarme por la nieve y, sobretodo, dormir en una cama de heno.
  ¿Dormir en una cama de heno? si lo llego a saber, no te compro el canapé.
—No, entiéndeme, aunque mi cama nueva está muy bien, seguro que la cama de heno es más relajante y, de paso, divertida.
— ¡Ay, Heidi!, que ya te he pillado. Divertida, ¿eh?
—Sí, sí –Y se le escapa la risa imaginando cuánto se puede jugar entre la paja.


Esmeralda viene a ver qué estamos haciendo
 
Una mañana, fuimos al Río de la Dehesa a ver a nuestros caballos favoritos, sin embargo, no los encontramos. Estela observaba a su padre y, en un aparte, me hizo un comentario.
—Mamá, fíjate en papá, pero con disimulo. Me parece que está triste porque no ha podido ver ni a Esmeralda ni a Popy.
—Bueno, los caballos silvestres tienen sus costumbres y cambian de zona.
—Ya, pero si algún día le sucede algo a esa yegua, creo que papá cogería una depresión –diagnosticó muy muy seria.


Esmeralda

A la semana siguiente, tampoco encontramos a Esmeralda; en cambio, vimos a Claudia y a Dalila. El único inconveniente es que jarreaba (en Soria no llueve a cántaros, llueve a jarros). Aun así Rafael sacó el paraguas del coche y se fue a saludar a la yegua y a su potrita. Nosotras nos quedamos en el coche.
—Mamá, con lo que llueve, yo no salgo y mira que Claudia y Dalila son mis favoritas porque a Dalila la conozco desde que nació. Papá es que... –Buscaba en su mente la forma de expresarlo y no se le ocurrió nada más adecuado que decirme: « ¡Papá es más Heidi que yo!».
—Eso me temo, Estela.


Claudia y Dalila. A Dalila la conocemos desde que nació.

 Estas yeguas eran silvestres, solo nosotros nos acercábamos a ellas.