sábado, 2 de abril de 2016

¡Qué vida más negra!



 

Estamos tan tranquilas mirando por la ventana y, de repente, un estallido negro azabache con fulgores blancos. ¡Qué susto! Era Pica, la urraca, en un vuelo rasante sobre el alféizar de la ventana y, ahora, se aleja planeando magnífica con sus alas desplegadas y su larga cola.

Demasiado bonita y lista como para no quererla en la ventana. ¿Qué podríamos hacer por ella a cambio de que nos deleite con su hermosura? Estas aves poseen una inteligencia notable y no son nada melindrosas a la hora de comer; Estela cree que quizá un poco de carne las atraería. 

Además del alpiste que siempre dejamos en nuestro alféizar, añadimos unos trocitos de piel de pollo. Ojalá venga. Y vino. La primera tarde se llevo toda la carne en vuelos sucesivos, pero ahora ya no, solo se lleva unos pedacitos y el resto lo reserva para el día siguiente. Al amanecer, medio dormidos todavía, oímos a la urraca en nuestra ventana mientras desayuna. Ya no necesitamos despertador; Pica nos despierta cada día.



Nos despierta y nos avisa de si hay extraños en la zona. Rrrec, rrrec, rrrec. ¿Qué sucede? Rrrec, rrrec, rrrec. Peligro. Nos asomamos a la ventana, pero no vemos nada;  y sin embargo, algo inquieta a las urracas. Una sombra merodea entre los árboles acechando los nidos: es Pantera.




Las urracas no se arredran ante el gato negro y lo persiguen chillando sin parar, revoloteando sobre su cabeza hasta que lo obligan a salir del pinar, luego lo persiguen a saltos por la carretera amenazando con picarle las patas y la cola hasta que lo expulsan de su territorio. ¡Qué vida más negra! El gatazo se aleja fastidiado moviendo la cola con nerviosismo. Lo dicho: ¡Qué vida más negra!

Delante de casa hay un pinar; en el pinar, un nido; en el nido, dos urracas; dos urracas  que cuidan de cinco pollitos.