domingo, 5 de junio de 2016

Oro, cobre y azabache


De pueblo en pueblo se cuenta esta estremecedora historia basada en hechos reales en su mayor parte. Miro a mi hija, a mi pequeña Estela, y el corazón se me paraliza solo de pensar que podría ser ella.




Santa Catalina, hija del demonio,
la mató su padre con un cuchillo de oro.
Ni era de oro, ni era de plata,
era un cuchillito de pelar patatas.

Cantan las niñas mientras a la comba saltan.
Oro, cobre y azabache.
De oro son las graciosas coletas de Adelina; de cobre la trenza de Jacinta y de negro azabache los suaves rizos de Blanca.
Tan pequeñas, tan inocentes, tan bonitas, cantan, bailan y charlan.
De vida y esperanza están llenas, una promesa de bella mujer es cada una de ellas.
Oro, cobre y azabache.
Andrés, hermano de Adelina, las observa con malicia pensando cómo fastidiarlas. De una pedrada las alegres risas infantiles se tornan gritos y lágrimas.
—Yo te he puesto en este mundo, Andrés,  y yo te quito si no eres como tienes que ser —advierte muy seria la madre.
Oro, cobre y azabache.




El tiempo transcurre, cada niña deviene una preciosa mujer y Andrés, una peligrosa alimaña que  las acecha con intenciones de la peor calaña.
Ya las risas se han callado, las chicas lloran amargas porque de ellas ha abusado.
Lloran por su vida truncada, por sus sueños rotos, por su vientre preñado.
Oro, cobre y azabache.
Nada quiere saber Andrés que ya en otras se ha fijado.
—Hijo mío, Dios te condenará a los infiernos.
—No, madre, que me he confesado y con tres padrenuestros, todo está arreglado.
—No, Andrés, eso no es cierto.
Oro, cobre y azabache.
Muerta han encontrado a Jacinta y Blanca ha enloquecido.
Está de parto Adelina. De aquel monstruo es el hijo que ha nacido sin vida.

No era de oro, no era de plata…
El corazón de la madre se desangra; Adelina es su hija amada, Andrés era su querido hijo del alma.
—Te lo advertí, Andrés: Yo te traje a este mundo, y yo te quito si no eres como debes ser.
No era de oro, no era de plata…, lo degolló con un cuchillo de pelar patatas.
—Gracias, gracias, madre —dice Adelina.
—No me las des, hija, que llegué tarde. Lo enterraremos bajo el estiércol para que no se entere nadie.

La pobre Blanca, cuando delira, canta esta nueva cancioncilla:

Andresito, hijo del demonio,
te mató tu madre con un cuchillo de oro.
 Ni era de oro  ni era de plata,
era el cuchillito de pelar patatas.
Andresito, hijo del demonio,
ni eras de oro ni eras de plata,
eras un sinvergüenza para abonar patatas.